De todos los miedos que tengo, el que más me enerva es no tener control. Saber que no puedo hacer nada para cambiar o solucionar algo me desespera.
Lo sé. Tal vez pienses que soy un tipo de persona no apta para el mundo, pero créeme que, como todos, hago camino al dar cada paso. Pero eso no tiene importancia ahora.
Mi propósito aquí es desligarme de un recuerdo que me atormenta en mis momentos de soledad. Tal vez si lo cuento, tal vez si lo comparto con ustedes, esos ojos brillantes dejen de atormentarme en los momentos menos esperados. Un pequeño ruido mientras leo a altas horas de la noche o mientras veo la TV, mientras escucho música, es suficiente para despertar la huella de aquel sueño, un sueño muy real cuyo recuerdo se ha acomodado en la parte trasera de mi cerebro en forma de dos estrellas rojas y una sonrisa inexistente.
Verás, mi vida pasa en soledad. La familia no está cerca, no hay mascotas que me reciban al llegar. Alquilo una habitación en un buen lugar de la ciudad y casi todas las noches me quedo dormida al arrullo del silencio… en una de esas tantas noches de sueños solitarios, recuerdo abrir los ojos y estar perfectamente consciente de que estaba recostada en mi habitación, sabía que estaba durmiendo, pero no había nada fuera de lo real… podía ver el techo, la puerta, la ventana y la cortina de tela azul.
Al principio, dudé, ¿estaba soñando de verdad? Tal vez me haya despertado a medias porque quería ir al baño. Quise moverme, pero mi cuerpo era plomo empotrado en la cama, solo mis ojos se movían de un lado para otro, primero en calma y luego con una creciente desesperación que contrastaba con la pesadez con la que mi pecho respiraba.
No estaba tan oscuro, podía ver mis muebles, podía ver mi cuerpo inerte con los brazos a los costados sin obedecer las órdenes de mi cerebro. La tenue luz provenía de la ventana… ¿la ventana estaba abierta? Ondeaba mi cortina suavemente en la oscuridad. No puede ser… yo siempre la dejo cerrada… Yo siempre…
De pronto, una sombra. La sombra oscura de un hombre apareciendo y desapareciendo en diferentes puntos de mi habitación. En un momento frente a mi cama, al costado de la puerta, de pie en la ventana… a mi costado.
Se había agachado a mirarme, acercándose con lentitud, como si supiera que no podía moverme, se acercaba despacio, disfrutando que mis ojos se abrieran hasta no poder más al observar que no había nada en su cara, que no había cara, solo dos profundos ojos centelleantes de color rubí. Y aunque no había nada más que esos dos puntos brillantes en su rostro ennegrecido, yo sabía que estaba sonriendo, podía adivinar una enorme sonrisa de gato de Cheshire que estaba y no estaba. Yo sabía que ese juego le gustaba.
El tiempo era pesado, casi inmóvil para mí, pero para él era como agua, no había límites para sus movimientos… Mientras yo luchaba por gritar, la puerta se abría. Una sombra más, moviéndose imposiblemente de un lado a otro de mi habitación. Era de nuevo él, duplicado, triplicado, multiplicado por cientos, cientos encima de mí, al costado sonriendo sin sonrisa, en la puerta, en la ventana, encima del tv, al costado del escritorio. Miles de ojos centelleantes mirándome, obligándome a no cerrar los ojos, a marcar en mi frente el brillo color rubí… obligándome a ver esa sonrisa tácita una y otra vez…
No recuerdo cómo desperté. Tal vez nunca desperté… porque cada vez que cierro los ojos lo veo inclinándose, burlándose de mi inmovilidad. Tal vez es su forma de decirme que sigue ahí… tal vez… tal vez un hubo un tiempo en el que vivió en mi habitación, pero ahora vive en mi...





