Xela era una chica de trece años cuya vida se parecía cada vez más a una leyenda. En el lapso de pocos meses se había hecho amiga de un extraño licántropo llamado Ruy y había salvado a su amigo Brais de ser desangrado por un vampiro (estos hechos se cuentan, respectivamente, en los relatos “Mariposa oscura” y “Encuentro en el bosque”). Y todavía tiene alguna historia más que contarnos.
…
Cuando se reanudaron las clases tras las vacaciones de Navidad vi que Brais no se había reincorporado. Y hacía tiempo que no lo veía en la calle, por lo que me sentí preocupada por él. Así que abordé durante el recreo a su prima Elisabeth, con la cual tenía cierta confianza, y le pregunté por él. Ella me dijo que llevaba algunos días enfermo y, como los médicos no sabían qué le pasaba, le habían recomendado reposo absoluto mientras estudiaban su caso. Al parecer, no sentía dolor ni tenía fiebre, simplemente estaba pálido y débil, como si tuviera poca sangre en el cuerpo. Eran unos síntomas semejantes a los de la anemia, pero él siempre había sido un chico sano y atlético, por lo que no parecía probable que sufriera dicha enfermedad. Las explicaciones de Elisabeth, lejos de tranquilizarme, aumentaron mi preocupación. Quizás el beso del vampiro aún lo estuviera afectando, aunque en teoría su influencia debería haber desaparecido tras la muerte del monstruo. Había otra posibilidad aún más inquietante: que otro vampiro estuviera terminando lo que su congénere había empezado. Me hubiera gustado hablar del tema con Ruy, pero llevaba varias semanas sin verlo y no sabía dónde buscarlo. Recordé una cosa que me había dicho la última vez que lo vi:
-Si vas a enfrentarte a un vampiro, perfúmate con esencia de rosas. Eso podría salvarte la vida.
Entonces pensé que estaba de broma, pero luego leí en Internet que, según ciertas leyendas, el aroma de las rosas repele a los vampiros (también el olor del ajo, pero, pudiendo elegir, ¿quién querría oler a ajo?). Casualmente aquellas Navidades los Reyes Magos le habían traído a mi madre un frasco de perfume, pero, como no se lo echaba nunca, pude sustraerlo sin que ella notara su ausencia. Y, como no abultaba mucho, me lo metía en el bolsillo siempre que iba al bosque a pasear a mi perro.
Un sábado por la tarde me adentré en el bosque más de lo habitual, para ver si encontraba de una vez a Ruy. Pero a quien encontré fue a Brais, que caminaba delante de mí vestido con pijama y zapatillas. Estaba algo lejos, pero noté que su forma de andar era algo extraña y que no hacía nada para esquivar los charcos del camino. Parecía realmente sonámbulo y, sin embargo, se movía con cierta rapidez, de modo que, aunque intenté alcanzarlo, me sacaba cada vez más ventaja. Lo llamé varias veces, pero no me hizo caso y siguió adelante, sin ni siquiera molestarse en volver la cabeza. Estuve por sacar el móvil y llamar a la policía, pero tenía miedo de perderlo de vista, así que aceleré la marcha y lo seguí hacia las profundidades de la espesura. Nos alejamos bastante de la ciudad y de las rutas transitadas por los excursionistas, pero seguimos caminando hasta llegar al páramo, donde el único edificio visible era una casa abandonada de aspecto bastante lúgubre. Vi que Brais entraba decidido en aquella casa siniestra y comprendí que, si quería ayudarlo, yo también tendría que entrar allí, por muy poca gracia que me hiciera. Pedir ayuda no era una opción, pues si llamaba a la Guardia Civil tendría que darles muchas explicaciones y seguramente tardarían bastante en llegar a un lugar tan apartado. Así que dejé a mi perro atado al tronco de un arbusto y me dirigí hacia la casa, no sin antes rociarme la cara con el perfume de rosas, porque casi podía notar la proximidad de un vampiro.
Me acerqué al edificio sin hacer ruido y, antes de entrar, eché una ojeada a su interior a través de una ventana. Estaba bastante oscuro, pero algunos rayos de luz se colaban por las grietas del techo y, cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, pude ver algo que confirmó mis peores sospechas. Brais estaba besándose con una mujer alta y pálida que lo tenía fuertemente agarrado entre sus delgados brazos. A simple vista hubieran podido parecer dos amantes, pero pronto aquella mujer se cansó de besarlo y empezó a lamerle el cuello, primero con sensualidad y luego con verdadero apetito de fiera salvaje. Seguramente no era la primera vez que bebía la sangre de Brais, eso explicaría que aquella mujer, aunque de aspecto pálido y macilento, no tuviera el aspecto horrible de los vampiros famélicos. Aunque no podía ver bien su rostro, creí reconocer en ella a una joven vecina de la ciudad, recientemente fallecida a causa de una enfermedad semejante a la que padecía Brais. Este, por su parte, parecía completamente hipnotizado y lo único que lo diferenciaba de un maniquí era la sangre que caía sobre sus hombros.
Temiendo que el vampiro lo matara, decidí intervenir, confiando en que el olor a rosas me protegiera del monstruo. Pero, como necesitaría algo más para matarlo, agarré un palo puntiagudo, con el que podría empalarle el corazón. Entré en la casa y me abalancé sobre la mujer vampiro con el palo fuertemente agarrado, pero ella reaccionó antes de que pudiera clavárselo. Soltó a Brais y me tiró al suelo con un rápido manotazo. Al caer perdí el palo, que fue a parar lejos de mi alcance. Intenté levantarme para recogerlo, pero sentí un dolor paralizante. Me había torcido un tobillo durante la caída, de modo que estaba a merced del vampiro, el cual, por otra parte, no parecía en absoluto afectado por el perfume de rosas. Ella me hubiera matado con gusto, pero vio que yo llevaba puesto un colgante de plata y prefirió cederle el honor a Brais:
-Recoge el palo y mata a esa chica. Pero tómate tu tiempo y deja que sufra un poco.
Para mi horror, Brais obedeció como un autómata. Tomó el palo en sus manos y avanzó hacia mí, lenta pero inexorablemente, con la evidente intención de insertarme la punta en el pecho o en el estómago. Yo estaba muy asustada, pues, aunque no era la primera vez que mi vida corría peligro, nunca hasta entonces me había sentido tan irremediablemente perdida. Sabiéndome indefensa, empecé a llorar y a suplicar, con la esperanza de que Brais aún no estuviera completamente poseído por el vampiro:
-¡Brais, por favor, no lo hagas! Mírame: soy Xela, tu compañera de clase…
Pero él ni siquiera me oyó y lo único que conseguí fue que la mujer vampiro se riera de mí.
-¡Pobre estúpida! ¿No ves que ahora solo es un muñeco en mis manos?
Brais siguió adelante y yo instintivamente cerré los ojos para no ser testigo de mi propia muerte. Pero entonces un terrible gruñido cortó en seco las carcajadas de la mujer vampiro. Una sombra enorme se abalanzó sobre ella y la tiró al suelo, arrastrándola con una fuerza arrolladora que ni siquiera un vampiro podía contrarrestar. Oí cómo su cuello se partía entre las mandíbulas de la sombra y, cuando ella murió, Brais, libre de su hechizo, cayó desmayado al suelo. Lo agarré en un acto reflejo para evitar que se rompiera la cabeza en la caída y noté que, aunque estaba muy pálido, respiraba con un ritmo bastante normal, por lo que aún no estaba perdido. Entonces la sombra se apartó de lo que quedaba del vampiro y se convirtió rápidamente en Ruy, quien agarró al inconsciente Brais con una mano y me ayudó a levantarme con la otra. Tras asegurarse de que ambos estábamos relativamente bien, me dijo con voz seria:
-De nuevo has arriesgado tu vida sin ninguna necesidad. Tuviste que haberte quedado fuera esperándome.
Yo, algo molesta por su reconvención, le respondí con cierta brusquedad, olvidando que él acababa de salvarme la vida por tercera vez:
-¿Y cómo podía saber yo que llegarías a tiempo?
-¿No sabes que tengo olfato de lobo? En esta época no florecen los rosales silvestres. Si el viento me traía olor a rosas, tenías que ser tú.
Entonces comprendí que la verdadera misión del perfume no era repeler al vampiro, sino atraer a Ruy. Y había funcionado.





