Harta del acoso al que la sometía su exmarido, Marga decidió volver al pueblo de sus padres con sus dos hijos, Clara, de quince años, y Alberto, de trece.
El pueblo natal de Marga se hallaba en una fría y desolada región del norte de España, donde solo algunos estanques de aguas oscuras rompían la triste monotonía de los páramos. Para llegar allí había que desviarse por una carretera estrecha y poco transitada, que atravesaba la sierra. Pero aquella tarde la carretera estaba bloqueada a causa de un desprendimiento... o al menos eso fue lo que le dijo a Marga un agente de Tráfico, que le recomendó desviarse por una pista de tierra que bordeaba las montañas. Ella no conocía aquel camino, pero ya era bastante tarde y, como allí no había ningún sitio donde pernoctar, decidió arriesgarse a tomar una vía desconocida, con la esperanza de que esta le permitiera llegar a su destino antes del anochecer. Cuando el vehículo de Marga se desvió por aquella pista, el agente que se la había recomendado sacó un teléfono móvil del bolsillo y le dijo a alguien:
-Os acabo de enviar un coche, en él van una mujer guapa y dos chavales. Estad preparados para cuando lleguen.
Marga no tardó demasiado en percatarse de que aquella pista no llevaba a ningún sitio, pero optó por no decir nada para no inquietar a sus hijos, que iban medio dormidos. Solo esperaba encontrar un sitio donde poder dar la vuelta, pero esta era una misión casi imposible en aquel camino tan angosto, cuyos arcenes habían sido invadidos por la maleza del páramo. Para colmo de males, en medio de la calzada había un caballo muerto, que les bloqueaba el paso. Marga se vio obligada a detener el vehículo y entonces surgieron de los matorrales varios hombres armados con escopetas de caza. A simple vista parecían simples aficionados a la montería, pero sus intenciones no parecían buenas. Y, en efecto, no lo eran: mientras uno de ellos clavaba un cuchillo en las ruedas traseras del coche, inutilizándolas por completo, los otros amenazaron a los viajeros con sus escopetas y los obligaron a salir. Marga, pensando que podían ser ladrones, les dijo con tono suplicante:
-Llevo algo de dinero en el bolso, no mucho... pero es todo lo que tengo. Por favor, llévense lo que quieran, pero no les hagan daño a los niños.
El jefe de la partido apenas escuchó lo que decía Marga. Se limitó a decir:
-Nosotros no queremos vuestro dinero, os queremos a vosotros.
-¿Y... para qué?
-Mejor no preguntes. Ya lo veréis, de todas formas.
Adivinando que no iba a conseguir nada con sus súplicas, Marga optó por decirles a sus hijos que estuviesen tranquilos (aunque ella misma no lo estaba en absoluto) y que obedecieran sin rechistar lo que les dijesen sus captores. Estos les ordenaron acompañarlos hacia uno de los siniestros estanques del páramo. Durante el trayecto uno de aquellos individuos molestó a Clara en varias ocasiones e incluso llegó a tocarle el trasero. Y Alberto no soportaba que nadie abusara de su hermana, básicamente porque le recordaba demasiado lo que solía hacerle su padre a él mismo cuando era pequeño, así que se encaró con aquel individuo. Este por toda respuesta le dio un fuerte empujón. Alberto perdió pie y se despeñó por una profunda sima.
No se mató de milagro, pero permaneció mucho tiempo inconsciente. Los secuestradores, que lo habían dado por muerto, ni siquiera se molestaron en ir a buscarlo, pese a las súplicas de su madre y de su hermana.
Cuando se despertó, ya era casi de noche, pero los últimos rayos solares le permitieron ver un objeto extraño situado al alcance de su mano. Guiado por una curiosidad casi inconsciente, Alberto tocó aquel objeto y descubrió que era una vieja espada de hierro. Seguramente aquella colina había sido en otros tiempos el túmulo funerario de algún poderoso caudillo militar, que había sido enterrado con su espada para que su espíritu no emprendiera desarmado el viaje eterno. Cuando Alberto tocó el arma, algo que dormía allí desde hacía siglos se despertó bruscamente, para poseer el cuerpo de quien había turbado su sueño. Durante un momento de éxtasis, Alberto sintió, casi sin extrañeza, que era uno solo con el espíritu que dormía en aquella tumba olvidada. Recordó los tiempos en los que un hombre debía vivir únicamente de su espada y de su valor, sin más ley que la fidelidad hacia los de su misma sangre, ni más religión que el sagrado terror de los bosques ancestrales. También recordó al Devorador de Almas, el monstruo terrible que vivía en el fondo del estanque y que periódicamente emergía de las negras aguas para cazar seres humanos. Algunas tribus habían osado enfrentarse a él y habían sido destruidas. Otras habían optado por aplacarlo mediante sacrificios humanos en su honor y, al parecer, dicha costumbre seguía vigente miles de años después.
Adivinando qué destino aguardaba a su madre y a su hermana en manos de sus secuestradores, Alberto, fortalecido por el nuevo espíritu que se había apoderado de su cuerpo, se levantó dispuesto a luchar para salvarlas.
El sol ya se había puesto cuando el Devorador surgió de las aguas, tal como hacía todos los años por aquellas fechas. Estaba hambriento, pero sus siervos habían cumplido su cometido una vez más, trayéndole dos apetitosas hembras como alimento. Marga y Clara, atadas a sendos árboles de la orilla, chillaron de terror cuando vieron la abominación que surgía del estanque. Pero allí no había nadie que pudiera oír sus gritos, salvo sus secuestradores, que contemplaban el espectáculo desde un lugar seguro.
Pero entonces apareció Alberto. Los secuestradores se sorprendieron de que siguiera vivo, pero luego se rieron de aquel muchacho ensangrentado y harapiento que los amenazaba con una vieja espada. Sin embargo, aquel muchacho ya no era el mismo de antes. Los acometió con el ímpetu y la velocidad de un guerrero antiguo, derribándolos a todos antes de que pudieran usar sus armas. Tras dejar fuera de combate a aquellos individuos, Alberto se plantó delante del monstruo, dispuesto a luchar por su madre y su hermana, que a causa de la sorpresa incluso se olvidaron momentáneamente del terror que sentían.
Pero aquella abominación era demasiado fuerte, incluso para el más diestro de los guerreros. Cuando Alberto intentó clavarle su espada, el monstruo lo agarró con uno de sus tentáculos y absorbió su energía vital a través de sus ventosas, hasta dejarlo inconsciente. Luego lo dejó caer al suelo y prosiguió su inexorable avance hacia las indefensas mujeres que le habían sido ofrecidas en sacrificio. Estas lloraban desesperadas, pensando que Alberto había muerto y que pronto ellas correrían su misma suerte. Pero, en el último momento, cuando aquellos tentáculos insaciables estaban a punto de tocar la trémula piel de Clara, la criatura se detuvo bruscamente y emitió un bramido de dolor. Alberto, pálido y tembloroso, pero vivo y consciente, se había encaramado sobre la viscosa grupa del monstruo para clavarle su espada en la nuca, que era uno de sus pocos puntos vulnerables. Gracias a que había dos espíritus en su cuerpo (el suyo y el del guerrero que lo había poseído a través de la espada), pudo sobrevivir al ataque del monstruo, que en realidad solo había absorbido la mitad de su energía vital. Guiado por la sabiduría estratégica del viejo guerrero, Alberto había fingido un desmayo para hacerle creer al monstruo que estaba sin fuerzas, pero, aunque muy debilitado, todavía era capaz de lanzarse en un ataque por sorpresa.
La criatura cayó muerta y Alberto, al límite de sus fuerzas, consiguió desatar a su madre y a su hermana, justo antes de caer desvanecido (esta vez de verdad) en los brazos de Marga.
El Devorador había muerto y numerosos cuervos se habían posado sobre su cadáver, para darse un banquete con su carne. Cuando hundieron sus picos en aquella mole de carne muerta, los espíritus de las personas que habían sido sacrificadas al monstruo (y que habían pasado a formar parte de él) poseyeron a las aves, tal como el espíritu de la espada había poseído a Alberto. Estos, guiados por un rabioso afán de venganza póstuma, se arrojaron sobre los hombres que los habían entregado al monstruo y los mataron a picotazos, mientras Marga y Clara huían del lugar, llevándose consigo a Alberto.





