Rey De Espadas

En un futuro lejano pequeños grupos de supervivientes malviven entre los escombros del viejo mundo, sometidos al constante acoso del hambre y de las hordas de saqueadores. Carla es una muchachita de trece años que lleva una vida dura en este mundo apocalíptico. Sin embargo, ella cuenta con la protección del vampiro inmortal Etienne Denfer, que muchos años atrás había contraído una deuda con Amanda Martins, la bisabuela de Carla. Pero este poderoso defensor solo se manifiesta cuando Carla se halla en peligro

En un futuro lejano pequeños grupos de supervivientes malviven entre los escombros del viejo mundo, sometidos al constante acoso del hambre y de las hordas de saqueadores. Carla es una muchachita de trece años que lleva una vida dura en este mundo apocalíptico. Sin embargo, ella cuenta con la protección del vampiro inmortal Etienne Denfer, que muchos años atrás había contraído una deuda con Amanda Martins, la bisabuela de Carla. Pero este poderoso defensor solo se manifiesta cuando Carla se halla en peligro de muerte, manteniéndose el resto del tiempo oculto entre las sombras.

Muchos guardianes del campamento habían resultado malheridos durante un sangriento combate contra una banda de saqueadores. Para sustituir a los heridos, se hizo necesario movilizar a todos los refugiados capaces de usar un arma, niños y ancianos incluidos. Una noche el comandante del campamento ordenó a Carla y a su amiga Sheyla vigilar un almacén de provisiones, para evitar que cayera en manos de los merodeadores. Tras compartir una frugal cena, se acordó que Sheyla vigilaría hasta la una de la madrugada y que luego la sustituiría Carla.  Mientras esta dormía tranquilamente en un camastro, Sheyla, no mucho más despierta que ella, permanecía sentada en la entrada del almacén.

A las doce de la noche un vago rumor de pisadas alarmó a la adormilada Sheyla, que se levantó con su fusil en las manos. Pero ya era demasiado tarde: alguien le puso el cañón de una pistola en la sien, mientras otra persona le tapaba la boca con la mano y le arrebataba su arma. Demasiado asustada para reaccionar, la muchacha observó impotente cómo varios desconocidos entraban en el almacén. Carla aún estaba dormida cuando los intrusos la ataron y amordazaron con suma facilidad. Ya nadie les impedía robar toda la comida que quisieran, pero aquellos hombres, demasiado bien armados para ser simples ladrones, parecían más interesados en las muchachas que en el botín.

Algunos de ellos se prepararon para forzar a sus indefensas y asustadas prisioneras, pero entonces alguien emitió un terrible grito de dolor. Todos los miembros de la banda vieron cómo uno de sus compañeros caía al suelo con la garganta desgarrada. Tras el cadáver se erguía un hombre alto y pálido, cuyas ropas negras estaban manchadas de sangre. Los amigos del muerto, furiosos y asustados, dispararon sobre el recién llegado, pero este resistió el tiroteo y se arrojó sobre ellos con el ímpetu de una fiera hambrienta. Pocos segundos después, todos los miembros de la banda estaban muertos, salvo dos, que se habían limitado a contemplar la masacre con aparente indiferencia. Uno de ellos era el jefe de la partida y el otro un gigante de ojos fríos, que blandía una impresionante espada de aspecto oriental.

Reaccionando a una orden gestual de su jefe, el coloso se plantó delante del vampiro y le habló con un tono tan frío como su mirada:

-Ni yo mismo recuerdo mi verdadero nombre, pero todos me llaman el Rey de Espadas. Y parece que tú eres el legendario vampiro de la noche, al que todas las bandas temen. Y no sin motivo: últimamente has matado a muchos amigos míos.

El vampiro sonrió como podría hacerlo un lobo e hizo una irónica reverencia antes de decir:

-En efecto, Rey de Espadas. Y es cierto que últimamente he matado muchas ratas asesinas y violadoras de niños. Estaban deliciosas, por cierto.

El Rey de Espadas no respondió, pero se lanzó sobre Etienne Denfer como un toro enfurecido y ensartó la punta de su espada en el pecho del vampiro. Este hubiera podido esquivar el ataque, pero no lo hizo, pues deseaba ver qué cara se le quedaría el gigante cuando comprendiera que su adversario era invulnerable. Sin embargo, cuando la espada atravesó su cuerpo, Denfer sintió un dolor inesperado. Y por tercera vez en su larga existencia probó el terrible sabor de la muerte. Pero aún tuvo tiempo para decir con una voz cada inaudible:

-¡Esto… es imposible! El acero no debería… poder matarme.

El Rey de Espadas esbozó una mueca semejante a una sonrisa macabra y le dijo al vampiro, mientras hundía aún más la espada en su cuerpo:

-Este no es acero normal. Fue forjado por los alquimistas del mundo antiguo, con técnicas mágicas que el mundo olvidó hace mucho tiempo. Hasta los fantasmas mueren cuando esta espada los atraviesa, pues no solo puede rajar la carne, sino también absorber el espíritu. Dices que has matado muchas ratas, pero a veces el gato también puede morir.

-Quizás… pero él al menos no morirá solo.

Denfer usó la poca energía que le quedaba para agarrar el pescuezo del Rey de Espadas y apretarlo con todas sus fuerzas, hasta que aquella nuca de toro se partió como una brizna de hierba seca. El coloso se desplomó muerto, al mismo tiempo que el cuerpo de Denfer se convirtió en un amasijo de cenizas frías, que el viento nocturno esparció entre las sombras. No era aquella la primera vez que Etienne Denfer moría, pero sí sería la última. La espada mágica había hecho su trabajo, aunque el espadachín no viviría para contarlo.

El jefe de la banda no había contado con perder al mejor de sus hombres en la batalla, pero dio por bueno el resultado. Además, ya no tendría que compartir con nadie las provisiones… ni las chicas. Pensó violar a las prisioneras sería una buena forma de celebrar la muerte del monstruo y, tras algunas vacilaciones, decidió empezar por Sheyla, que era algo más atractiva que Carla. Mientras esta veía impotente cómo aquel salvaje intentaba forzar a su amiga, hizo un desesperado esfuerzo para liberarse de sus ligaduras, pero fue inútil. Aunque ella siempre había sido una hábil escapista, aquellos nudos estaban muy bien hechos y su única esperanza era encontrar algo con lo que cortar las ligaduras. Tanteó nerviosamente los alrededores hasta que sus dedos sintieron el frío tacto del metal. Por una increíble casualidad, la espada que había matado a Denfer había rodado por el suelo tras la muerte de su dueño, hasta quedar al alcance de la muchacha. Esta no perdió tiempo pensando en lo extraño de aquella casualidad y usó el filo de la espada para cortar las cuerdas que le ataban las manos. Luego, con envidiable rapidez, se desató las piernas, se quitó la mordaza y fue en ayuda de su amiga, con aquella extraña espada en la mano. El hombre que estaba abusando de Sheyla oyó algo e interrumpió la violación para sacar su pistola, pero Carla fue muy rápida: antes de que aquel sujeto pudiera disparar, la muchacha le cercenó la cabeza de un solo tajo. Era la primera vez que Carla mataba a alguien y, no pudiendo resistir la impresión, cayó al suelo desvanecida.

Ya era de día cuando se despertó. El comandante del campamento estaba allí, acompañado por los pocos hombres que le quedaban.

Tras intentar consolar a Sheyla, que aún estaba traumatizada por el intento de violación que había sufrido, el comandante se acercó a Carla con la espada en sus manos, señaló la hombre decapitado y le dijo:

-No sé cómo has podido hacer esto.

Carla respondió con voz llorosa:

-Yo… de verdad que no quería matarlo, pero…

-Tranquila, no te estoy reprochando nada. Simplemente quiero decir que no entiendo cómo has podido usar esta espada. Pesa tanto que solo un hombre fuerte podría manejarla. Yo no soy ningún alfeñique y de verdad que apenas puedo sostenerla.

Carla se calló y se sumió en extraños pensamientos. Quizás la había ayudado la adrenalina, pero era cierto que aquella espada parecía demasiado grande para una niña como ella. Y, sin embargo, aquella noche le había parecido tan ligera como una pluma. ¿Y si aquella espada, en vez de absorber el alma de Denfer, había sido poseída por ella, para continuar la labor protectora del vampiro, como si fuera, en cierto modo, su nuevo cuerpo? Ello explicaría la extraña casualidad de que fuera a parar al alcance de sus manos, como si se hubiera movido guiada por una voluntad propia, y que durante un instante se hubiera vuelto mágicamente liviana.

Resultaba imposible saber qué era aquella espada realmente. Pero lo cierto es que Carla, que habría de vivir muchos años, siempre la conservó a su lado. Y al morir se la legó a sus hijos, como si fuera la más valiosa de todas sus posesiones.

 

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