A sus veinticinco años, Rosa aparentemente lo tenía todo para ser feliz: además de ser la única hija del hombre más rico de la ciudad, era una muchacha sana y atractiva, a lo que hay que añadir que había terminado la carrera de Medicina con las mejores notas de su promoción. Sin embargo, desde niña vivía rodeada por el fantasma de la muerte prematura. Su madre, su hermano mayor y su novio de la adolescencia habían fallecido en plena juventud a causa de enfermedades terminales. Y su padre, que apenas había rebasado el medio siglo de vida, ya estaba empezando a manifestar síntomas inquietantes. Todo ello provocó en Rosa un espíritu de angustia permanente, que intentó apaciguar primero a través de la ciencia y posteriormente mediante el ocultismo. La rica biblioteca familiar estaba llena de libros relacionados con esta última materia, pues varios antepasados de Rosa habían sido teósofos declarados. Un día la muchacha encontró en uno de aquellos viejos volúmenes un hechizo que parecía responder a sus inquietudes. Si todo salía bien, le permitiría prolongar su vida y su belleza más allá de los límites ordinarios, a cambio de un precio que Rosa no comprendía demasiado bien, pues el texto era bastante ambiguo. Como por probar no se perdía nada, aquella misma noche realizó un extraño ritual en el desván de su casa, pero no sucedió absolutamente nada. Rosa, decepcionada, decidió olvidarse de lo que había hecho y se centró en cuidar de su padre, que cada día estaba peor.
...
Pocos días después falleció el padre de Rosa, quien antes de morir pidió ser enterrado en el humilde cementerio rural donde yacían sus antepasados. Tras el sepelio, Rosa decidió volver a la ciudad lo antes posible, pues el ambiente de aquella pequeña aldea gallega le resultaba extrañamente opresivo. Cuando estaba atravesando una zona montañosa se encontró con que la carretera estaba cortada a causa de un desprendimiento. Como no sabía qué ruta alternativa tomar, se bajó de su vehículo para pedirle información a un joven guardia de Tráfico. Este, que era algo tímido y siempre se turbaba cuando una chica guapa le dirigía la palabra, se confundió y le dio unas indicaciones equivocadas. Rosa tomó el desvío que le había indicado el agente, pero no tardó demasiado en comprender que aquella angosta vía rural no llevaba a ninguna parte, sino que simplemente atravesaba un páramo sumamente agreste, donde apenas se veían señales de vida humana. La carretera se convirtió en un simple camino de cabras, aparentemente en desuso desde hacía mucho tiempo. Rosa hubiera dado la vuelta de buena gana, pero no tenía suficiente espacio para eso. Su única esperanza era encontrar a alguien que pudiera indicarle la dirección correcta, pero en aquellas soledades no se veía a nadie, ni siquiera animales domésticos ni pájaros. Podía decirse que estaba tan aislada en aquel páramo como si se hallara en medio del desierto o de la selva amazónica. Finalmente, Rosa vio una casa en ruinas, que se erguía sobre una colina cercana. Con la esperanza de que aún viviera alguien allí (pues había oído hablar de jóvenes excéntricos que se establecían en casas rurales semiderruidas), abandonó su lujoso vehículo en medio de la pista y se encaminó hacia aquel viejo edificio. Subir la colina le resultó sumamente penoso, pues el camino era estrecho y empinado. Además, como ella pensaba salir con unas amigas cuando llegara a la ciudad, llevaba una minifalda y unos zapatos de tacón alto poco idóneos para una caminata por el campo, de modo que llegó agotada a la cima. Entró en la casa, pero le bastó una ojeada para ver que allí no había vivido nadie desde hacía mucho tiempo. Decepcionada y vagamente asustada por aquella soledad tan absoluta, se aprestó para volver al coche, pero justo entonces empezó a caer un fuerte aguacero, que la obligó a buscar refugio bajo la incierta protección de aquellas ruinas. Como el viento hacía que la lluvia alcanzara el vestíbulo, Rosa retrocedió hacia el oscuro interior de la vivienda, pero una vez allí notó que no estaba tan sola como pensaba. Otra persona no hubiera visto nada, pero ella había realizado días antes una invocación... y allí estaba la respuesta. En realidad, aquella cosa la acompañaba como una sombra desde la noche en la que había efectuado el ritual, pero nunca hubiera podido materializarse si la muchacha no hubiese cometido el error de entrar en un lugar maldito.
Rosa, aterrorizada, intentó huir, pero una mano que no era humana le tapó la boca y la arrastró hacia las tinieblas.
...
Aún no había cesado el aguacero cuando un vehículo de la Guardia Civil llegó al lugar donde Rosa había dejado su coche. El vehículo se detuvo y de él bajaron dos guardias: un cabo con aspecto de gruñón y el joven agente que había hablado con Rosa. El cabo le dijo a su subordinado:
-¡Mira lo que has conseguido, Méndez! ¡A ver dónde estará ahora esa pobre chica! Si en vez de mirarle las piernas le hubieras dado la dirección correcta, ahora no tendríamos que buscarla.
-Yo... lo siento, pero es que...
-¡Cállate! Yo echaré una ojeada por el páramo, mientras que tú puedes ir a la casa de la bruja.
-¿A... la casa de la bruja?
-Así la llaman por aquí, pero es solo un cuento para niños. ¡Anda, muévete y procura no cometer más estupideces por hoy!
El atribulado Méndez se dirigió hacia la casa que le había indicado el cabo (que era la misma en la que había entrado Rosa anteriormente). Antes de llegar, el joven guardia creyó oír unos gemidos procedentes del interior y al principio se asustó tanto que estuvo a punto de escapar, pero pronto se percató de que aquellos sonidos lastimeros no procedían de un fantasma, sino de una persona en apuros. Entró en la casa y vio a Rosa, que estaba acurrucada en el suelo y no dejaba de llorar. Su ropa estaba sucia y destrozada, como si hubiera sufrido una brutal agresión, aunque por lo demás parecía físicamente ilesa. Méndez se arrodilló a su lado y le dijo:
-Tranquila, señorita, ya ha pasado todo. Por favor, permítame que la ayude a...
Pero entonces, mediante un rápido movimiento, Rosa se apoderó de la pistola del guardia y le dijo, con la voz extrañamente alterada:
-¡Hazme el amor, rápido!
Méndez oyó bien aquellas palabras, pero no podía dar crédito a lo que oía. Apenas acertó a decir:
-¿Cómo? Pero...
-¡Que me hagas el amor ahora mismo o te mato, imbécil!
Méndez pensó que Rosa se había vuelto loca a causa del trauma, pero no se atrevió a contradecirla, pensando que sería capaz de disparar si él no obedecía sus órdenes. Además, aquella orden era la respuesta a un deseo subconsciente, así que finalmente le hizo el amor a Rosa, mientras esta mantenía el cañón de la pistola sobre su nuca. Cuando sintió que la semilla del guardia penetraba en su interior, Rosa emitió un sonoro grito y disparó el arma, volándole la tapa de los sesos al desgraciado Méndez.
El cabo, atraído por los ecos del disparo y por los gritos de Rosa, acudió a toda prisa y se encontró con un espectáculo dantesco: una mujer pálida y desmelenada, que sostenía una pistola con manos temblorosas sobre el cadáver ensangrentado de Méndez. Rosa le dijo entre lágrimas:
-Yo no quería hacerlo... pero él me violó... y luego quería matarme, para que no hablara. Conseguí quitarle la pistola y...
Rosa se derrumbó entre los brazos del atónito cabo, que no comprendía cómo un tipo tan tímido y bobalicón como Méndez había sido capaz de hacer algo así.
...
El examen médico confirmó que Rosa había sufrido una violación y se dictaminó que había disparado contra su agresor en defensa propia. Los familiares del agente Méndez protestaron contra este dictamen, pero sus recursos fueron rechazados, gracias al buen hacer de los abogados de Rosa. Poco después, se descubrió que ella estaba encinta. Aunque sus amigas le recomendaron el aborto, Rosa prefirió seguir adelante con el embarazo, en parte porque no le disgustaba la idea de tener un hijo, pero sobre todo porque no quería que ningún ginecólogo examinase demasiado lo que pudiera llevar en su vientre. El niño nació sin problemas y Rosa lo llamó Ruy. Los parientes de Méndez no quisieron saber nada del bebé y, para no provocarlos, Rosa lo registró como hijo “de padre desconocido”. Cuando llevó a la criatura a su casa, no quiso contratar a ninguna niñera y se ocupó de él personalmente. La primera noche lo acarició con sincera ternura y le susurró:
-Hice algo terrible, cariño… pero era necesario, por el bien de los dos. ¿Qué sería de nosotros si alguien llegara a saber la verdad?
Aquellas palabras despertaron al adormilado Ruy, que abrió los ojos. Estos brillaban en la oscuridad, como también habían brillado los del ser que había violado a Rosa.





