La Residencia de Whitminster

Residencia

La residencia de Whitminster.

Primera parte.

 

The Residence at Whitminster, M.R. James (1862-1936)

 

El doctor Ashton —Tomas Ashton, doctor en Teología— estaba sentado en su despacho, envuelto en su bata, con el solideo de seda encasquetado en su afeitada cabeza, y la peluca —que de momento se había aquietado— colocada sobre su horma a un lado de la mesa. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, de constitución fuerte, sanguíneo, de ojos coléricos y un labio superior largo. En el momento en que lo describo, su rostro y sus ojos estaban iluminados por los rayos sesgados de un sol crepuscular que entraban por el resquicio de una alta ventana que daba a poniente. La luminosa habitación era de techo igualmente alto, y estaba revestida de estantes repletos de libros, con entrepaños allí donde la pared se hacía visible entre las librerías.

 

Sobre la mesa, junto al codo del doctor, había un paño verde con lo que él habría denominado el recado de escribir —una bandeja con tinteros—, plumas de oca, uno o dos libros encuadernados en piel, algunos papeles, una pipa y una tabaquera de bronce, un frasco metido en una funda de paja y una copa de licor. Era el mes de diciembre de 1730, y eran las tres y unos minutos de la tarde. He trazado en estas líneas, más o menos, lo que habría visto un observador superficial que se hubiera asomado a la habitación. ¿Y qué es lo que vio el doctor Ashton al alzar los ojos y mirar al exterior, desde la silla de cuero donde estaba sentado? Aparte de las puntas de los arbustos y árboles frutales del jardín, nada sino la tapia de ladrillo que iba casi de extremo a extremo, en la parte de poniente.

 

Ahora bien, en su centro había una entrada, una verja de dos puertas, de complicadas barras de hierro forjado, retorcidas en espiral, a través de la cual se divisaba el paisaje del exterior. En efecto, más allá de la verja se veía un trecho de terreno que descendía inmediatamente hacia una vaguada por la que discurría un riachuelo; desde aquí, y arrancando de la otra orilla, el terreno se elevaba casi verticalmente hasta un prado poblado de robles que, como es natural, estaban sin hojas. No se hallaban muy juntos unos de otros, de manera que entre sus troncos se podía divisar parcialmente el cielo y el horizonte. El cielo, a la sazón, había adquirido una tonalidad dorada, y el horizonte —un horizonte de bosques lejanos— se había vuelto de color púrpura.

 

Pero todo lo que sede ocurrió decir al doctor Ashton, tras contemplar esta perspectiva largo rato, fue:

 

—¡Abominable!

 

El testigo que hubiera presenciado esta escena habría percibido acto seguido el rumor de unos pasos presurosos que se acercaban a este despacho y, por la resonancia, habría adivinado que atravesaban una estancia mucho más espaciosa. El doctor Ashton se volvió en su silla al abrirse la puerta, y se quedó expectante. La persona que llegó era una dama, una dama de aspecto robusto y vestida a la usanza de la época. Aunque he tratado de dar una idea de cómo se hallaba vestido el doctor, no pretendo hacer lo mismo con su mujer, porque era la señora Ashton quien acababa de entrar. Traía una expresión anhelante, incluso dolorosamente atribulada. Y con voz alterada, casi susurró al doctor Ashton, inclinando su cabeza juntó a la de él:

 

—Está muy mal, cariño; me temo que ha empeorado.

 

—¿De verdad? —se echó hacia atrás y la miró a la cara.

 

Ella asintió. Dos solemnes campanas, allá arriba, no muy lejos, dieron la media en ese momento. La señora Ashton tuvo un sobresalto.

 

—Oh, ¿no puedes ordenar que paren las campanas del reloj de la iglesia por esta noche? Están justo encima de su habitación y no le van a dejar dormir; y desde luego, la única posibilidad que tiene es dormir.

 

—Bueno, por supuesto que si es necesario, verdaderamente necesario, lo haré; pero no puedo ordenar una cosa así a la primera eventualidad. ¿Estás segura de que la recuperación de Frank depende de eso? —dijo el doctor Ashton; su voz era fuerte, más bien seca.

 

—Estoy convencida de que sí —dijo su mujer.

 

—Bueno, si es así, dile a Molly que vaya a ver a Simpkins y le diga de mi parte que debe cesar los repiques a partir de la puesta de sol, y..., sí, que vaya después y le diga a lord Saúl que deseo hablar al punto con él en esta misma habitación.

 

La señora Ashton salió apresuradamente del despachó. Pero antes de que entre otro visitante, será mejor explicar la situación. El doctor Ashton disfrutaba, entre otros privilegios, de una prebenda de la rica colegiata de Whitminster, fundación que, pese a no ser catedral, había sobrevivido a la Disolución y a la Reforma, conservando su constitución y su asignación hasta un centenar de años después de la fecha a que me refiero. La gran iglesia, las residencias del deán y los prebendados, el coro, sus dependencias, todo, en fin, estaba en perfectas condiciones y funcionaba normalmente.

 

Poco después del año 1500 hubo un deán que había mandado construir un espacioso edificio de ladrilló rojo, contiguo a la iglesia, para que sirviese de residencia a quienes desempeñaban funciones en ella. Algunas de estas personas ya no eran necesarias, y sus cargos se habían quedado en meros títulos que ahora ostentaban clérigos o letrados del pueblo de la vecindad; por ello, el edificio, que se había construido con idea de albergar a ocho o diez personas, se lo repartían ahora entre tres: el deán y los dos prebendados. La vivienda del doctor Ashton comprendía lo que había sido la sala de estar común y el comedor de la residencia.

 

Ocupaba un lado entero del patio, y en uno de los extremos tenía una puerta que daba acceso a la iglesia. El otro extremo, como hemos visto, se asomaba al campo. Eso en cuanto a la casa. Por lo que se refiere a sus moradores, el doctor Ashton era un hombre que gozaba de buena salud y carecía de hijos, aunque había adoptado, o más bien había tomado a su cargo, al hijo de la hermana de su mujer, que se había quedado huérfano. El muchacho se llamaba Frank Sydall; llevaba viviendo bastantes meses en la casa cuando un día llegó una carta de un colega, el conde de Kildonan (que había sido compañero de estudios del doctor Ashton), en la que preguntaba al doctor si podía acoger en su familia al vizconde Saúl, heredero del conde, y desempeñar las funciones de tutor suyo. Lord Kildonan debía tomar posesión en breve de un cargo en la embajada de Lisboa, y el muchacho no estaba en condiciones de emprender el viaje.

 

«No es que esté enfermo —comentaba el conde—, aunque le encontrarás antojadizo, al menos eso es lo que le he notado yo últimamente; y para confirmar esto, hoy mismo ha venido a decirme su vieja aya que estaba como enajenado; pero no hagas casó; sé que encontrarás la forma de enderezarlo. En los viejos tiempos tenías la manó firme, así que te doy plena autoridad para que la utilices cuando juzgues conveniente. A decir verdad, aquí no tiene él chicos de su edad y condición con quienes juntarse, y le ha dado por deambular como un sonámbulo por nuestras ruinas y cementerios; después regresa a casa contando historias que asustan y atemorizan a mis criados. Conque os prevengo a ti y a tu mujer».

 

Con miras, quizá, a la posibilidad de alcanzar un obispado irlandés (al que parecía aludir la carta del conde en otro párrafo), el doctor Ashton aceptó hacerse cargo del vizconde Saúl con las doscientas guineas anuales con que atender a sus necesidades.

 

Llegó éste una noche de septiembre. Al bajar de la silla de posta que le había traído, lo primero que hizo fue hablar con el postillón, le dio una propina y acarició el cuello del caballo. Tanto si hizo algún movimiento que lo asustara como si no, el casó es que estuvo a pique de provocar un lamentable accidente, porque el animal sufrió un violento sobresalto, cogió al desprevenido postillón, le derribó al suelo, perdiendo su propina, como se dio cuenta después; saltó parte de la pintura de las portezuelas y una de las ruedas pasó por encima del pie de un criado que estaba descargando el equipaje. Cuando lord Saúl subió la escalinata y apareció bajo la luz de la lámpara de la entrada, dónde fue recibido por el doctor Ashton, éste vio ante sí a un joven delgado, de unos dieciséis años, pelo lacio y negro, y una palidez de rostro habitual en este tipo de personas.

 

Se había tomado el percance y el consiguiente tumulto con absoluta tranquilidad, y manifestó su preocupación por la gente que se había o podía haberse lastimado; tenía una voz suave y agradable y, cosa curiosa, no se le notaba el menor acento irlandés.

 

Frank Sydall era más joven; tenía unos once o doce años, quizá, pero no por eso rechazaba lord Saúl su compañía. Frank le enseñó algunos juegos que no se conocían en Irlanda, y él mostró gran disposición para aprenderlos; también mostró tendencia al estudio, a pesar de que no había recibido una instrucción regular en su casa. No tardó mucho en averiguar el modo de descifrar las inscripciones de las tumbas de la basílica, y más de una vez le hizo al doctor preguntas sobre los viejos libros de la biblioteca cuya respuesta requería ser meditada despacio. Al parecer, se portaba particularmente amable con los criados, porque a los diez días de su llegada ya estaban disputándose el puesto para complacerle. Y al mismo tiempo, la señora Ashton se vio en la necesidad de buscar nuevas sirvientas, cambió varias veces de criadas, y al final las familias del pueblo a las que solía recurrir le dijeron que no tenían ninguna muchacha disponible.

 

Se vio obligada a buscarlas en lugares más alejados que de costumbre. Todos estos detalles los he obtenido del diario del doctor y de cartas suyas. No son más que generalidades, y nos habría gustado, a la vista de lo que tenemos que decir, que estas notas hubiesen sido más claras y detalladas. Encontramos estos datos en una serie de anotaciones que él inicia a finales de año y, a mi juicio, escritas en su totalidad después del incidente final; no obstante, comprenden un número de días tan escaso que no cabe la posibilidad de que el doctor no recordara punto por punto el curso de los hechos.

 

Un viernes por la mañana, una zorra, o tal vez un gato, se llevó el gallo que la señora Ashton más estimaba; era negro, precioso, sin una sola pluma blanca en todo el cuerpo. Su marido había dicho a menudo que era ideal para ofrecerlo en sacrificio a Esculapio. El incidente la dejó muy abatida y no se consoló fácilmente. Los chicos buscaron huellas por todas partes. Lord Saúl regresó con algunas plumas, parcialmente quemadas al parecer, que habían encontrado en el montón de broza del jardín. Fue el mismo día en que el doctor Ashton, al asomarse a la ventana del piso de arriba, vio a los dos chicos en un rincón del jardín jugando a un juego incomprensible. Frank, muy serio, miraba fijamente algo que sostenía en la palma de la mano. Saúl, detrás de él, parecía escuchar.

 

Al cabo de unos minutos posó su mano sobre la cabeza de Frank con mucha suavidad; de súbito, Frank dejó caer lo que tenía en la mano, se tapó los ojos y se derrumbó en la hierba. Saúl, cuyo rostro mostraba gran irritación, recogió apresuradamente el objeto, del que el doctor sólo alcanzó a ver un destello, se lo guardó en el bolsillo y se alejó dejando a Frank sumido en su inconsciencia. El doctor Ashton golpeó el cristal para atraer su atención, y Saúl pareció alarmarse; entonces corrió hacia Frank, lo tomó de un brazo, lo levantó y se lo llevó. Cuando entraron a cenar, Saúl explicó que habían estado representando una parte de la tragedia de Radamisto, en la que la heroína lee el futuro del reinado de su padre en una bola de cristal que sostiene en la mano, y no pudiendo resistir la visión de los terribles acontecimientos, se desmaya. Durante la explicación, Frank no dijo nada, sino que miraba aturdido a Saúl.

 

Seguramente, como pensó la señora Ashton, debió de resfriarse con la humedad de la hierba, ya que esa noche se sintió desasosegado y con fiebre; desasosegado tanto de cuerpo como de espíritu, dado que, al parecer, mostró vivos deseos de contarle algo a la señora Ashton, pero la premura de los asuntos domésticos impidió a la señora prestarle atención; y cuando fue, como tenía por costumbre, a ver si los chicos habían apagado la luz de su habitación y darles las buenas noches, lo encontró dormido, aunque con el rostro anormalmente arrebolado, pensó; en cambio, lord Saúl estaba pálido, tranquilo y sonreía en sueños.

 

Al día siguiente, el doctor Ashton pasó la mañana ocupado en la iglesia y demás asuntos, de manera que no le fue posible tomarles las lecciones a los dos, motivo por el cual les había puesto deberes para que se los entregaran más tarde. Tres veces, si no más, fue Frank a llamar a la puerta del despacho, y las tres encontró al doctor ocupado con alguna visita, por lo que le mandó que se fuera con cierta aspereza, cosa que más tarde lamentó. Ese día se quedaron a comer dos clérigos, y los dos —que eran padres de familia— observaron que el niño parecía desmadejado a causa de la fiebre, cosa que no estaba lejos de ser verdad, y habría sido mejor que se hubiera ido inmediatamente a la cama, porque dos horas más tarde regresó precipitadamente llorando de manera aterradora, se echó en brazos de la señora Ashton, y se agarró a ella y le suplicó que le protegiera, y decía sin cesar: «¡Échelos! ¡Échelos!»

 

Y entonces fue cuando se vio claramente que había cogido alguna enfermedad. Por esta razón tuvo que acostarse en una habitación distinta a la que utilizaba habitualmente, y mandaron llamar al médico.

 

Éste declaró que el trastorno de que era víctima parecía grave, y que afectaba al cerebro del chico, tras lo cual pronosticó un desenlace fatal si no observaba reposo absoluto y tomaba los remedios sedativos que le iba a prescribir. Por este otro camino, nos encontramos de nuevo en el punto del relato en donde lo habíamos dejado. El reloj de la iglesia ha dejado de dar la hora, y lord Saúl está en el umbral del despacho.

 

—¿Qué explicación puede darme del estado del pobre chico? —fue lo primero que preguntó el doctor Ashton.

 

—¡Pero, señor!, me parece que sé muy poco más de lo que usted ya sabe. Sin embargo, lo que me reprocho es el susto que le di ayer tarde cuando estábamos representando la dichosa obra que vio usted. Creo que se impresionó más de lo que yo hubiera deseado.

 

—¿Cómo es eso?

 

—Es que le conté una de esas estúpidas historias que se cuentan en Irlanda sobre lo que podríamos llamar la segunda visión.

 

—¡La segunda visión! ¿Qué clase de visión es ésa?

 

—Bueno, usted sabe que la gente ignorante de nuestra tierra cree que algunas personas pueden leer lo que va a pasar..., a veces en un cristal, o en el aire, quizá; en Kildonan teníamos a una vieja que decía que tenía ese poder. Y me parece que le he descrito todo eso con más pasión de lo que debía; lo cierto es que no podía figurarme que Frank lo iba a tomar de la forma en que se lo tomó.

 

—Ha hecho usted mal, señor; ha hecho muy mal en sacar a relucir supersticiones de ese género; debía haber tenido en cuenta la casa en que vive, y que son impropias de nosotros este tipo de cosas; pero dígame, ¿cómo fue que representando una obra de teatro, como usted dice, llegó a abordar un tema que asustó de ese modo a Frank?

 

—Eso es lo que no le puedo decir, señor; en un momento pasó de recitar las luchas y amoríos y monólogos de Cleodora y Antígenes a algo que no me fue posible seguir, y luego se desplomó en el suelo como ya vio usted.

 

—Sí; ¿fue entonces cuando le puso usted la mano sobre la cabeza?

 

Lord Saúl lanzó una mirada fugaz a su interlocutor —fugaz y malévola—, y por primera vez pareció no tener la respuesta preparada.

 

—Debió de ser entonces, sí —dijo—. He tratado de hacer memoria, pero no estoy seguro. De todos modos, nada importa que fuera entonces o no.

 

—Bueno —dijo el doctor Ashton—, a ese respecto, me veo obligado a decirle que el susto que se llevó mi pobre sobrino puede acarrearle muy graves consecuencias. El médico habla con gran desaliento de su estado —lord Saúl entrelazó sus manos con fuerza y miró seriamente al doctor Ashton—. Quiero creer que no hubo mala intención por su parte, puesto que no tiene ningún motivo para desearle ningún mal; pero no le considero totalmente exento de culpa en este asunto.

 

Mientras hablaba, volvieron a oírse pasos presurosos, y la señora Ashton entró precipitadamente en el despacho con una vela en la mano, porque la noche había cerrado ya.

 

—¡Ven! —exclamó—. Ven inmediatamente. Se nos muere, estoy segura.

 

—¿Que se nos muere Frank? ¿Cómo es posible? ¿Ya? —y mientras preguntaba un montón de incoherencias por el estilo, el doctor cogió un Libro de Oraciones de la mesa y salió tras su mujer.

 

Lord Saúl se quedó unos momentos donde estaba. Molly, la criada, le vio inclinarse hacia adelante y cubrirse el rostro con las manos. «Que me muera si miento —contaba ella más tarde—, pero parecía talmente que ese joven intentaba reprimir una carcajada. Después salió despacio siguiendo a los demás».

 

Por desgracia, la señora Ashton tenía razón en su pronóstico. No tengo el menor deseo de imaginar detalladamente la última escena. Lo que el doctor Ashton anota en su diario es, o puede considerarse, de gran importancia para esta historia. Le preguntaron a Frank si quería ver a su compañero, lord Saúl, una vez más. El niño estaba completamente lúcido en esos momentos.

 

—No —dijo—; no quiero verle, pero dígale que va a tener mucho frío.

 

—¿Qué quieres decir, cariño? —dijo la señora Ashton.

 

—Sólo eso —dijo Frank—; y dígale también que ahora yo ya me he librado de ellos, pero él debe tener cuidado. Y siento mucho lo del gallo, tía Ashton, pero él dijo que debíamos utilizarlo, si queríamos ver todo lo que se podía ver.

 

Pocos minutos después había expirado. El matrimonio estaba apenado. Ella la que más, como es natural; pero el doctor, aunque no era una persona impresionable, sintió el patetismo de aquella muerte prematura. Por otra parte, tenía la creciente sospecha de que Saúl no se lo había contado todo, y que había algo que se salía de lo normal. Abandonó la capilla ardiente, cruzó el patio de la residencia y se dirigió a casa del sacristán. Una campana, la más grande de la iglesia, debía doblar a muerto; había que cavar una fosa en el cementerio de la iglesia, y ya no había necesidad de que el reloj del campanario siguiera en silencio. A medida que se iba sumiendo lentamente en un estado de confusión, consideraba la necesidad de hablar nuevamente con lord Saúl.

 

Tenía que poner en claro el asunto del gallo, por trivial que fuese. Puede que no se tratara más que de un desvarío de la fiebre lo que dijo el niño; pero si no, ¿no había estudiado él un juicio en el que desempeñaba una parte muy importante un horrendo sacrificio de parecida naturaleza? Sí, debía hablar con Saúl. Más que encontrarlos expresados por escrito, adivino que fueron éstos sus pensamientos. Lo que sí es cierto es que tuvo otra entrevista con él; y cierto, también, que Saúl no quiso (o no pudo, como él dijo) aportar ninguna luz sobre el significado de las palabras de Frank, aun cuando el mensaje —en parte al menos— le atañía a él terriblemente. Pero no hay referencias detalladas sobre esta entrevista. Sólo se alude al hecho de que Saúl estuvo toda la tarde sentado en el despacho, y que cuando se levantó y dio las buenas noches, cosa que hizo de muy mala gana, le pidió al doctor que rezara por él.

 

El mes de enero tocaba a su fin, cuando lord Kildonan recibió en la embajada de Lisboa una carta que, por una vez en la vida, turbó tremendamente a este vanidoso y desnaturalizado padre. Saúl había muerto. La escena del entierro de Frank había sido verdaderamente dolorosa. El día amaneció oscuro y ventoso; los portadores, vacilando a ciegas bajo el flamante paño mortuorio, comprendieron lo difícil que iba a resultarles el camino hasta la fosa. La señora Ashton estaba en su habitación —las mujeres no iban en aquel entonces a los entierros de sus familiares—, pero Saúl estaba allí, envuelto en una capa enlutada, a usanza de la época; su rostro, mortalmente pálido, no cambió de expresión más que unas tres o cuatro veces, según observó el doctor, a la vez que volvía repentinamente la cabeza para mirar por encima del hombro.

 

En esos momentos recobraba vida, pero en forma de una expresión terrible de sobresalto y terror. Nadie le vio marcharse; nadie logró encontrarle tampoco esa tarde. Un tremendo ventarrón estuvo toda la noche azotando los altos ventanales de la iglesia, aullando en los descampados y rugiendo en el bosque. Su búsqueda por los prados resultó infructuosa, no se oyó gritar a nadie ni llamar pidiendo auxilio. Todo lo que podía hacer el doctor Ashton era avisar a la gente del colegio y a los alguaciles del pueblo, y permanecer levantado por si llegaba alguna noticia, y eso fue lo que hizo. Y la noticia llegó a la mañana siguiente; el sacristán, cuya primera misión del día consistía en abrir la iglesia para los oficios de las siete, envió a la criada para que llamara a su señor, y ésta subió con todos los pelos revueltos y los ojos desencajados.

 

Los dos hombres echaron a correr precipitadamente hacia la puerta sur de la iglesia, donde encontraron a lord Saúl agarrado desesperadamente a la gran argolla exterior, con la cabeza hundida entre los hombros, las calzas desgarradas, sin zapatos, y las piernas ensangrentadas y llenas de arañazos.

 

Esto es lo que se le notificó a lord Kildonan, y lo que constituye el fin de la primera parte de esta historia. Frank Sydall y el vizconde lord Saúl, hijo único y heredero del conde de Kildonan, comparten una misma tumba de piedra en forma de altar en el cementerio de Whitminster. El doctor Ashton vivió unos treinta años más en su residencia, no sé si una vida apacible, aunque eso sí, sin la menor muestra de desasosiego. Su sucesor prefirió seguir en la casa que ya poseía en el pueblo, y dejó sin ocupar la del prebendado anterior. Con el período transcurrido entre estos dos hombres quedó atrás el siglo XVIII y empezó el XIX; pues el señor Hindes, que sucedió a Ashton, entró en posesión de esta prebenda a la edad de veintinueve y murió a los ochenta y nueve, de modo que hasta 1823 o 1824 no ocupó nadie la plaza con deseos de instalarse en el edificio.

 

Fue entonces cuando llegó el doctor Henry Oldys, nombre que puede resultar familiar a algunos de mis lectores, ya que es el autor de una serie de volúmenes, las Obras de Oldys, los cuales ocupan un puesto sin duda muy alto en los estantes de las más importantes bibliotecas, ya que raramente se ve a alguien intentar alcanzarlas.

 

El doctor Oldys, su sobrina y la criada emplearon varios meses en trasladar los muebles y libros de la rectoría de Dorsetshire a la residencia de Whitminster y, una vez allí, colocar cada cosa en su sitio. Pero por fin pudieron dar por terminado este trabajo, y la casa —que, aunque deshabitada, se conserva en buenas condiciones de higiene y sin humedades— despertó y, como la mansión del conde de Monte Cristo en Auteil, comenzó nuevamente a vivir, cantar y florecer. Cierta mañana del mes de junio amaneció tan espléndida que el doctor Oldys salió a dar un paseo antes de desayunar, y estuvo contemplando largamente la torre del campanario, que descollaba por encima del tejado rojo con sus cuatro veletas doradas, recortada sobre el azul intenso del cielo y unas nubecillas blanquísimas.

 

—Mary —dijo, mientras se sentaba a desayunar, dejando un objeto duro y brillante sobre el mantel—, mira lo que acaba de encontrar el criado ahora mismo. A ver si eres más lista que yo y averiguas para qué sirve.

 

Era una placa redonda, perfectamente lisa, de no más que una pulgada de espesor, de algo como cristal transparente.

 

—Por lo menos es atractivo —dijo Mary. Era una mujer hermosa, de pelo rubio y ojos grandes, y aficionada a la literatura.

 

—Sí —dijo su tío—, he pensado que te gustaría. Supongo que perteneció a la casa; ha aparecido en un montón de basura de un rincón.

 

—No estoy segura de que me guste —dijo Mary unos minutos después.

 

—Vaya por Dios, ¿y por qué, querida?

 

—No estoy segura. Puede que sean figuraciones mías.

 

—Sí, eso es lo que son, figuraciones y novelería, naturalmente. ¿Qué libro..., bueno, quiero decir, cuál es el título del libro que tuviste ayer entre manos todo el día?

 

—El talismán, tío. ¡Ah, sería delicioso que, en definitiva, resultara un talismán!

 

—Sí, El talismán, pues que te aproveche; yo tengo que irme a atender mis asuntos. ¿Está todo bien en la casa? ¿Te gusta? ¿Tienes alguna queja de la servidumbre de aquí?

 

—No; por supuesto, me resulta todo de lo más encantador. La única soupçon de queja, además de la cerradura del armario de la ropa blanca de la que ya le hablé, es que la señora Maple dice que no hay forma de eliminar las moscas portasierra de la habitación del otro extremo del corredor. A propósito, ¿de veras se siente a gusto en este dormitorio? Está demasiado apartado del resto de la casa, ¿no?

 

—¿Que si me gusta? Pues claro; cuanto más lejos esté de ti, mejor. Vaya, no me darás una azotaina por eso, ¿verdad? ¿A que me perdonas? Pero ¿qué son moscas portasierra? ¿Apolillan la ropa? Si no, me da igual que campen por sus respetos en toda la habitación. Seguramente no la vamos a utilizar.

 

—No, claro. Bueno, ella llama así a unos bichos de color rojizo y patas largas como las arañas de campo, pero más pequeños; por cierto, que los hay a montones en lo alto de la habitación. No me agradan demasiado, pero supongo que no son dañinos.

 

—Parece que hay unas cuantas cosas que no te gustan esta mañana tan radiante —comentó su tío mientras cerraba la puerta. La señorita Oldys siguió sentada en su sitio, contemplando el disco de vidrio que sostenía en la palma de la mano. La sonrisa que iluminaba su semblante fue desdibujándose paulatinamente, dando paso a una expresión de curiosidad y casi de interesada atención. Su embelesamiento se rompió al entrar la señora Maple con su invariable preámbulo:

 

—Ay, señorita, ¿podría hablar un momento con usted?

 

La siguiente fuente de información que nos permite seguir el hilo de la historia es una carta de la señorita Oldys a una amiga de Lichfield, empezada uno o dos días antes. No faltan en ella atisbos de influencia de esa directora espiritual que un día fuera Anna Seward, conocida por algunos como el cisne de Lichfield.

 

Queridísima Emily: Seguramente te alegrará saber que por fin nos hemos instalado mi tío y yo en la casa que ahora nos considera sus dueños (digo no, dueño y dueña), igual que en otros tiempos habrá considerado a tantos otros. Aquí saboreamos una mezcla de moderna elegancia y venerable antigüedad como jamás habíamos tenido ocasión hasta ahora ninguno de los dos. El pueblo, aunque pequeño, nos proporciona algún reflejo, pálido desde luego, pero auténtico, de las dulzuras del trato refinado; el campo vecino cuenta, entre los ocupantes de sus dispersas mansiones, con algunas personas que remozan su trato anualmente poniéndose en contacto con el esplendor de la metrópoli, y otras cuya robusta y sencilla afabilidad es a veces, y a manera de contraste, no menos cariñosa y aceptable. Cansados de las tertulias de los salones y piezas de recibo de nuestros amigos, estamos dispuestos a huir de las ingeniosidades y charlas intrascendentes de la vida diaria y refugiarnos en las majestuosas bellezas de nuestra venerable iglesia, cuyos argentinos repiques "nos llaman a la oración", y en los sombríos paseos, en cuyo cementerio meditamos con el corazón sosegado y los ojos húmedos más de una vez, sobre la juventud, la hermosura, la edad, la sensatez y la bondad.

 

Aquí hay un cambio brusco, tanto en la letra como en el estilo:

 

Pero, Emily querida, ya no me es posible escribirte con el esmero que tú te mereces y con el que tanto disfrutamos las dos. Lo que tengo que contarte ahora no tiene nada que ver con lo que te estaba diciendo. Esta mañana, mi tío, a la hora de desayunar, ha traído una cosa que se ha encontrado en el jardín; es un disco de vidrio o de cristal que tiene esta forma (a continuación viene un pequeño dibujo), y me lo ha dado, y después de marcharse él de la habitación lo he tenido junto a mí, sobre la mesa. Lo he estado contemplando, no sé por qué, durante unos minutos, hasta que se me ha hecho la hora de incorporarme a los quehaceres del día, y te vas a reír, pero de pronto me he dado cuenta de que empezaba a reflejar objetos y escenas que no correspondían a la habitación en que me encontraba.

 

En fin, no te extrañe si te digo que, tras esa experiencia, he aprovechado la primera oportunidad para encerrarme en mi habitación con lo que ahora estoy segura de que es un poderoso talismán. Y no me ha decepcionado. Te aseguro, Emily, por el recuerdo tan entrañable que nos une a las dos, que lo que ha pasado esta tarde supera los límites de lo que hasta ahora consideraba posible. En resumen, lo que he visto sentada en mi alcoba, a plena luz de este soleado día de verano, al asomarme a las profundidades de ese pequeño disco de vidrio, es lo siguiente: primero, una perspectiva, extraña para mí, en la que aparecía un terreno cubierto de espesa y alta maleza, con unas ruinas de piedra gris en medio y una tosca cerca de piedra alrededor. Había una mujer vieja y fea de pie, con un manto rojo y una saya desgarrada, y hablaba con un chico vestido a la usanza de hace un centenar de años por lo menos.

 

Y le puso un objeto brillante en la mano, y él a su vez le dio algo a ella; a mí me pareció dinero, porque se le cayó en la hierba una moneda de entre sus manos temblorosas. Luego ha desaparecido la escena; a propósito, me pareció observar que sobre los muros rudimentarios de la cerca había algunos huesos en desorden, y hasta una calavera. A continuación he visto dos chicos; uno de ellos era el que había aparecido en la visión anterior, el otro era más pequeño. Estaban en el rincón de un jardín que tenía una tapia alrededor, y, pese a estar distribuido de diferente manera, y de lo jóvenes que eran los árboles, me he dado cuenta de que se trataba de este mismo jardín que estoy contemplando en este momento desde mi ventana.

 

Los chicos estaban absortos en un extraño juego, al parecer. Algo humeaba en el suelo. El mayor puso sus manos sobre eso, y luego las elevó en una actitud como de oración, y entonces he descubierto algo que me ha sobresaltado, y es que las tenía cubiertas de grandes manchas de sangre. Arriba, el cielo estaba nublado. El mismo muchacho se volvió entonces hacia la tapia del jardín e hizo unas señas con las manos levantadas, después de lo cual comenzaron a hacerse visibles unas cosas que se movían en lo alto de la tapia, pero no podría decir si eran cabezas o miembros de personas o de animales.

 

Continuará........