La Residencia de Whitminster

Residencia

La residencia de Whitminster.

Segunda parte.

 

Acto seguido, el mayor se volvió con rapidez, tomó al más joven (que durante todo este tiempo había estado examinando atentamente lo que había en el suelo), y echaron los dos a correr. Luego he visto la hierba manchada de sangre, un pequeño montón de ladrillos y cierta cantidad de algo así como plumas negras, esparcidas por el suelo. Después se ha disipado esta escena, dando paso a otra que se ha desarrollado en tan completa oscuridad que quizá se me haya escapado todo su significado. Pero me parece que se trataba de una figura, agazapada primero entre los árboles o arbustos que el viento sacudía violentamente; luego echaba a correr a toda velocidad, volviendo continuamente su pálido rostro hacia atrás, como si tuviera miedo de que le siguieran, y en efecto, le seguían. Las siluetas de sus perseguidores se vislumbraban confusamente, de manera que no podría decir cuántos eran, cuatro o cinco a lo sumo. Parecían perros más bien, pero no de los que estamos acostumbrados a ver.

 

De haber podido cerrar los ojos a este horror, al punto lo habría hecho, pero no era dueña de mis actos. Lo último que he visto es que la víctima echaba a correr locamente por una arcada y que se agarraba a un objeto y se aferraba a él, y que por fin le daban alcance las bestias que le perseguían, y hasta me parecía oír el eco de sus gritos de desesperación. Puede que me quedara traspuesta; desde luego, he tenido la sensación de que me despertaba a la luz del día, tras unos momentos de abstracción. Hablando literalmente, Emily, ésa ha sido la visión —no puedo calificarla de otro modo— que he tenido esta tarde. Dime, ¿habré sido testigo involuntario del episodio de una tragedia relacionada con esta casa?»

 

Continuó la carta al día siguiente:

 

La historia que te estaba contando ayer no termina donde la dejé. No le dije una palabra a mi tío de lo que pasó. Como tú sabes, tiene un sentido común demasiado estricto para admitir una cosa así, y su remedio consistiría en administrarme un purgante o un vaso de vino. Después de pasar una velada silenciosa —más que silenciosa, hosca—, me retiré a dormir. Y juzga el terror que sentiría yo cuando, no bien me metí en la cama, oí lo que sólo podría describir como un rugido distante; era la voz de mi tío, aunque la verdad es que jamás le había oído gritar de ese modo. Su dormitorio está en el extremo más apartado de la casa, y para llegar hasta allí hay que cruzar un enorme recibimiento, al estilo antiguo, de unos ochenta pies de largo, una habitación de techo alto y paredes con entrepaños, y dos dormitorios desocupados. En el segundo dormitorio —que está prácticamente casi sin muebles— fue donde le encontré a oscuras, con la vela hecha trizas en el suelo.

 

Al entrar yo corriendo con mi luz en la mano, me cogió en sus brazos, que por primera vez desde que le conozco le temblaban, dio gracias al cielo, y me sacó apresuradamente de la habitación. No quiso decirme qué era lo que le había alarmado de esa manera. "Mañana, mañana”, eso es todo lo que le pude sacar. Le improvisamos una cama en la habitación contigua a la mía. No sé si habrá pasado una noche más tranquila que la que he pasado yo. Por mi parte, no he podido conciliar el sueño hasta bien de madrugada, cuando ya clareaba el día, y entonces he tenido unos sueños de lo más horribles, sobre todo hay uno que se me ha quedado tan grabado que te lo voy a contar, a ver si se me quita un poco la impresión; ya había subido a mi habitación con un presentimiento que me llenaba de inquietud, y con una vacilación y recelo que no me es posible explicar, me dirigí a la cómoda. Abrí el cajón de arriba y no encontré más que cintas y pañuelos; luego abrí el segundo, pero no contenía nada de particular; después, ¡oh, Dios!, abrí el tercero y último; aquí había un montón de sábanas cuidadosamente dobladas, y al quedarme mirándolas con curiosidad, empezaron a teñirse horriblemente; entonces noté un movimiento en ellas, y de entre sus pliegues surgió una mano sonrosada que empezó a moverse tanteando lánguidamente en el aire.

 

No pude soportarlo: salí corriendo de la habitación, cerré la puerta de golpe y luché con todas mis fuerzas para cerrarla con llave. Pero la llave no quería girar en la cerradura; y entre tanto, en el interior se oían susurros y topetazos, y los ruidos parecían acercarse más y más hacia la puerta. Aún no sé por qué no eché a correr escaleras abajo. Continué apretando la vela; y por fortuna, cuando al fin me arrancaron la puerta de las manos con fuerza irresistible, me desperté. Puede que a ti no te parezca tan alarmante, pero te aseguro que para mí sí lo ha sido.

 

Hoy, en el desayuno, mi tío ha estado muy callado, y creo que avergonzado también, por el susto que nos dio; pero después me ha preguntado si el señor Spearman estaba todavía en el pueblo, añadiendo que era un joven con sentido común. Como sabes, querida Emily, es un chico que me gusta; al final acabaré por darle el sí. Total, que se ha ido a hablar con Spearman y todavía no ha vuelto. Bueno, voy a mandarte este montón de noticias extrañas; de lo contrario, tendré que esperar más de un correo.

 

No andará muy descaminado el lector si piensa que la señorita Mary y el señor Spearman se hicieron novios poco después de aquel mes de junio. Spearman era un joven avispado que poseía una hermosa propiedad en las proximidades de Whitminster y, a la sazón, pasaba frecuentes estancias de no pocos días en el «King's Head» por asuntos de negocios. Pero debía de tener también sus momentos libres, porque su diario es copioso en anotaciones, sobre todo en la época en que transcurría la historia que estoy relatando. A mí me da la sensación de que escribió este episodio lo más circunstancialmente que pudo por deseo expreso de la señorita Mary:

 

El tío Oldys (como espero llegar a tener derecho a llamarle dentro de poco) ha venido esta mañana. Después de hacer un sinnúmero de breves observaciones sobre cuestiones intrascendentes, ha dicho:

 

—Spearman, quiero que escuches una extraña historia, pero no la comentes por ahí hasta que se haya aclarado todo.

 

—Por supuesto —he dicho yo—, puede confiar en mí.

 

—No sé qué hacer —dice—. Ya conoces mi habitación. Está bastante apartada de las demás y tengo que atravesar un salón enorme y dos o tres habitaciones para llegar hasta ella.

 

—¿Está en el extremo que da acceso a la iglesia? —le pregunto.

 

—Sí, en esa parte. Bueno, el caso es que ayer por la mañana me contó Mary que la habitación contigua estaba infestada de una especie de moscas y que el ama de llaves no podía eliminarlas. Puede que sea esa la explicación, o puede que no. ¿A ti qué te parece?

 

—Bueno —dije—; aún no me ha dicho a qué hay que encontrarle explicación »—De acuerdo, no lo he dicho aún. Pero antes dime: ¿qué son exactamente moscas portasierra y cómo son de grandes?

 

Yo empezaba a preguntarme si no estaría mal de la cabeza.

 

—Creo —dije con toda la paciencia del mundo— que son esos insectos rojizos de patas largas como los falangios, pero no tan grandes, y que miden una pulgada como máximo. Tienen el cuerpo duro, me parece... —he estado a punto de decir que son particularmente molestas, pero me interrumpió.

 

—Vamos, vamos, de una pulgada como máximo, nada.

 

—Yo le digo solamente mi opinión —dije—. ¿No sería mejor que me contara desde el principio lo que le tiene preocupado? Así podría darle mi parecer sobre lo que fuera.

 

Me ha mirado pensativo.

 

—Puede que sea lo mejor —dijo—. Hoy mismo le decía yo a Mary que te considero una persona con sentido común —le he hecho un gesto de agradeció miento con la cabeza—. El caso es que me da reparo hablar de esto. Jamás me había sucedido una cosa así. Resulta que anoche, hacia las once o poco más, cogí la vela y me dirigí a mi habitación. En la otra mano llevaba un libro, poro que me gusta leer unos minutos antes de dormirme. Es una costumbre peligrosa, no te la recomiendo; pero yo sé arreglar convenientemente la luz y las cortinas de la cama. Pues bien, lo primero es que salí del despacho al salón y, al cerrar la puerta tras de mí, se me apagó la vela. Supongo que la cerré demasiado de golpe y el aire me la apagó; el caso es que me fastidió bastante porque me había dejado el mechero en mi alcoba. Pero conocía muy bien el camino, así que seguí adelante. Entonces me saltó el libro de las manos en la oscuridad; creo que, de haber llevado la mano apretada habría podido notar mejor la sensación. Cayó al suelo. Lo recogí y continué mi camino, algo más contrariado, y un poco asustado también. Como tú sabes, el salón tiene muchas ventanas sin cortinas, y en noches de verano como éstas es fácil localizar no sólo los muebles, sino las personas o cualquier cosa que se mueva. Y miré a mí alrededor, pero no había nadie..., absolutamente nadie. Así que crucé el salón y la secretaría parroquial que está a continuación y tiene también dos grandes ventanas, y luego los dos dormitorios que conducen a mi habitación, cuyas cortinas estaban echadas, por lo que me vi obligado a moderar el paso debido a los escalones que tienen. Y en la segunda habitación fue donde estuve a punto de caerme muerto. En cuanto abrí la puerta noté algo anormal. Confieso que por dos veces pensé en dar media vuelta y buscar otro camino para llegar a mi alcoba en vez de continuar.

 

Pero sentí vergüenza de mí mismo; así que lo pensé mejor y cambié de opinión, aunque no sé si verdaderamente fue "mejor" en este caso. Si tuviera que describir con exactitud mi experiencia, diría lo siguiente: nada más entrar percibí un susurro leve y áspero a la vez por toda la habitación; luego (recuerda que estaba completamente a oscuras), algo se abalanzó sobre mí, y noté, no sé cómo explicarlo, unas cosas largas y delgadas, como brazos, patas o palpos por todo mi rostro y por el cuello y el cuerpo. No parecían tener mucha fuerza; pero Spearman, que yo recuerde, creo que en mi vida he experimentado tanto horror o asco. Eso me hizo perder los nervios. Solté un bramido con todas mis fuerzas, tiré la vela al azar y, como sabía que estaba cerca de la ventana, arranqué la cortina, y entonces penetró una leve claridad y pude ver algo que flotaba y que, por su forma, comprendí que era la pata de un insecto; pero, ¡Dios, qué dimensiones tenía! El bicho ese debía de ser de mi tamaño. Y ahora vienes tú y me dices que tienen una pulgada todo lo más. ¿Cómo explicas eso, Spearman?

 

—Por el amor de Dios, termine primero de contarlo —dije—. En mi vida había oído nada parecido.

 

—Bueno —dijo él—, no hay nada más que contar. Acudió Mary con la luz, y allí no había nada. No le dije nada en absoluto. Anoche cambié de habitación, y espero que sea ya para siempre.

 

—¿Ha registrado esa extraña habitación? —le pregunté—. ¿Qué cosas se guardan ahí?

 

—No la utilizamos —me contestó—. Hay un viejo armario ropero y algunos muebles.

 

—¿Y en el armario?

 

—No sé; no lo he visto nunca abierto; lo que sí sé es que está cerrado con llave.

 

—Bueno, yo en su lugar lo abriría. Es más, si dispone usted de tiempo, le confieso que tengo cierta curiosidad y me gustaría ver por mí mismo todo eso.

 

—No me atrevería a pedírtelo, pero eso es precisamente lo que esperaba que dijeras. Dime a qué hora podemos ir y te llevo.

 

—Éste es el mejor momento —dije yo en seguida, porque estaba viendo que no iba a poder hacer nada mientras tuviera este asunto pendiente.

 

Se levantó con presteza y me miró, tentado estoy de decir que con manifiesta aprobación. No obstante, todo cuanto dijo fue:

 

—Vamos.

 

Y guardó silencio durante todo el trayecto hasta su casa. Mandó llamar a mi Mary (con la llama él en público y yo en privado), y nos dirigimos a la habitación. Lo único que le había dicho el doctor a ella era que había recibido un susto en ese lugar la noche anterior, sin especificarle en qué había consistido; ahora fue más explícito y le contó brevemente los incidentes que le habían ocurrido cuando se retiraba a su habitación. Al llegar, abrió y dijo:

 

—Ésta es la habitación. Entra, Spearman, y dinos qué ves en ella.

 

Fueran cuales fuesen los sentimientos que yo hubiera podido experimentar de haber sido de noche, a las doce del día estaba seguro de no encontrar nada siniestro; así que abrí la puerta de golpe y entré. Era una habitación muy bien iluminada, con una amplia ventana a la derecha, aunque en mi opinión no estaba muy bien ventilada. El mueble más importante de la pieza era un armario viejo y destartalado de oscura madera. Vi también el armazón de una cama con cuatro columnas en sus esquinas; pero no era sino un puro esqueleto que nada podía ocultar. Y había, además, una cómoda.

 

En el antepecho de la ventana y al pie de la misma, en el suelo, había varios cientos de mosquito; muertos; uno de ellos se movía torpemente, y me he dado el placer de rematarlo. Probé a abrir la puerta del armario, pero no pude. Los cajones estaban igualmente cerrados con llave. Entonces me pareció percibir, en alguna parte, un levísimo susurro, pero no conseguí localizarlo; y al salir a informar de todo esto a las dos personas que me esperaban fuera no lo mencioné. Pero les dijo, que lo que había que hacer era ver qué guardaban esos muebles cerrados. El tío Oldys se volvió hacia Mary.

 

—Llama a la señora Maple —dijo, y Mary salió apresuradamente (no existe una forma de andar como la suya, estoy convencido), y no tardó en regresar con paso más sosegado, acompañada de una dama de cierta edad y aspecto discreto.

 

—¿Tiene usted las llaves de estos muebles, señora Maple? —le preguntó tío Oldys.

 

Estas simples palabras provocaron un torrente (no violento, sino copioso) de palabras; de haber tenido un poco más de clase, la señora Maple habría podido servirle de modelo a Sara Bates:

 

—Ay, doctor, señorita, y usted también, señor —dijo, saludándome con un movimiento de cabeza—. ¡Las llaves! ¿Cómo se llamaba el señor del otro día, cuando vinimos por primera vez a traer las cosas a esta casa, un señor de negocios al que serví la comida en el cuarto de estar pequeño porque en el grande no teníamos nada en su sitio aún, como nos habría gustado, y comió pollo y pastel de manzana y un vaso de madeira?... ¡Válgame Dios!, va usted a pensar que estoy hablando de más, señorita; pero es que quiero ver si hago memoria... ¡Ah, ya!, Gardner, igual que me ocurrió la semana pasada con las alcachofas y el texto del sermón. Bueno, pues cada una de las llaves que me entregó el tal señor Gardner llevaba su etiqueta y cada una correspondía a una puerta determinada de la casa, y a veces a dos, y cuando digo puerta me refiero a puerta de habitación y no a puerta de armario, como ocurre en este caso. Sí, señorita Mary, sé muy bien lo que digo, y quiero dejar bien claro este asunto a su señor tío, y a usted también, señor. Pero a lo que íbamos, había una caja que ese señor puso bajo mi custodia, y como no había ningún mal en ello, cuando él se marchó la hice sonar; y, o mucho me equivoco yo, o esa caja contenía llaves, pero qué llaves son las que contenía, es cosa que sabrán los del Otro Mundo, porque lo que es yo, no pude abrir la dichosa caja.

 

Me sorprendía que el tío Oldys no dijera nada durante este discurso. Me di cuenta de que Mary se estaba divirtiendo; él debía saber por experiencia que era imposible interrumpir la perorata. El caso es que no lo hizo, sino que se limitó a guardar silencio, y al final preguntó simplemente:

 

—¿Tiene usted a mano la caja esa, señora Maple? Si la tiene, haga el favor de traerla aquí.

 

La señora Maple le señaló con el dedo, en un gesto que lo mismo podía ser de acusación que de tétrico triunfo:

 

—¡Jesús! —dijo—, me ha quitado esas mismas palabras de la boca, doctor. Y si me he puesto a pensar en ello media docena de veces, me lo he reprochado casi cincuenta. He estado despierta en la cama, y me he pasado horas y horas sentada en la silla, lo mismo que el día que entré al servicio de usted y de la señorita, cuando tenía yo veinte años, y no podía haber deseado nada mejor, sí, señorita; pero es la verdad, y bien sabemos quién habría cambiado las cosas si hubiera podido; bueno, yo me decía: si el doctor me pregunta por esa caja, ¿qué le voy a contestar? No, doctor, si fuera usted como algunos señores de esos que he oído hablar y fuera yo una criada como las que me sé, sería todo más fácil para mí, pero las cosas son, humanamente hablando, como son, y lo único que me cabe decir es que si la señorita Mary no viene a mi habitación y me ayuda a hacer memoria, porque puede reparar en lo que a mí se me escape, no le echará usted el ojo a la caja esa por grande que sea.

 

—Por Dios, señora Maple, ¿y por qué no me ha dicho antes que la ayudara a buscar? —dijo Mary—. Eso, o lo que sea, no importa; venga, vamos ahora mismo.

 

Salieron apresuradamente las dos. Oí a la señora Maple iniciar una serie de explicaciones que, sin duda alguna, durarían hasta que llegaran al último escondrijo de las habitaciones del ama de llaves. El tío Oldys y yo nos quedamos a solas.

 

—Es una sirvienta que vale —dijo, señalando la puerta con la cabeza—. Estando ella, nada funciona mal, y sus discursos no duran más de tres minutos casi nunca.

 

—¿Cómo se las va a arreglar Mary para ayudarla a recordar dónde puso la caja? —le pregunté.

 

—¿Mary? Bueno, la mandará sentarse y le preguntará por la última enfermedad que tuvo su tía, o quién le regaló el perrito de porcelana que tiene en la repisa de la chimenea..., algo que no tenga nada que ver con el asunto. Después, como dice ella misma, por el hilo se saca el ovillo, y es capaz de llegar al quid de la cuestión antes de lo que uno se figura. ¡Vaya! Parece que ya las oigo regresar.

 

En efecto, regresaban, y la señora Maple venía corriendo delante con la caja en la mano extendida y la cara radiante.

 

—¿Qué —exclamó cuando ya se encontraba cerca—, qué decía yo siempre, antes de dejar Dorsetshire y venirnos a este lugar? No es que sea yo de Dorset, ni falta que me hace, pero decía que "lo bien guardado, bien se encuentra, y allí estaba, en el mismo lugar donde la dejé hace, ¿cuánto hará?, unos dos meses, me parece.

 

Se la entregó a tío Oldys y la examinamos él y yo con curiosidad, por lo que dejé de prestarle atención a la señora Ann Maple por el momento, aunque ella seguía sus interminables explicaciones acerca del lugar exacto en que había estado la caja, y de qué manera la había ayudado Mary a refrescar la memoria. Era una caja vieja, atada con una cinta de color rosa, y sellada; sobre la tapa tenía pegada una etiqueta escrita con tinta descolorida: Casa del señor deán, Whitminster.

 

Así como esto otro: "Los efectos de este armario y caja se hallan bajo mi custodia, y lo estarán bajo la de mis sucesores en esta residencia de Whitminster, en calidad de depósito de la noble familia de Kildonan, a disposición de cualquier miembro superviviente de ésta. Habiendo hecho yo cuantas averiguaciones me han sido posibles, es mi opinión que dicha noble casa se ha extinguido por entero; el último conde, como es sabido, murió en la mar, y su único hijo y heredero falleció en mi casa (los documentos de tan triste suceso han sido guardados por mí en el citado armario el 21 de marzo de 1753, año del Señor). Y digo que, a menos que dé lugar a graves trastornos, tales personas, ajenas a la familia Kildonan, una vez en posesión de estas llaves, deben dejar estas cosas como están; ésta es mi opinión y quedan bien advertidas, aviso que hago no sin una sólida y poderosa razón, y tengo la satisfacción de manifestar que mi criterio se halla refrendado por los demás miembros del Colegio e Iglesia, enterados de los acontecimientos consignados en este documento. Th. Ashton. Prof. Sagr. Teol., Praeb. Senr. Will. Blake, Prof. Sagr. Teol.,Decanus. Hen. Goodman, Prof. Sagr. Teol., Praeb. Junr."

 

—¡Ah! —dijo tío Oldys—, ¡conque graves trastornos! O sea que ya preveía él que podía pasar algo. Sospecho que debía de ser joven —prosiguió, señalando con la llave el renglón donde ponía "el hijo único y heredero"—. ¿Eh, Mary? El vizconde de Kildonan era Saúl.

 

—¿Cómo sabe usted eso, tío? —dijo Mary.

 

—Bueno, ¿y por qué no? Está todo consignado en el Debrett, en esos dos gruesos libros. Pero en lo que yo estaba pensando era en la tumba que hay junto al paseo de los tilos. Está enterrado ahí. Me pregunto qué es lo que pasaría. ¿Sabe usted algo sobre este asunto, señora Maple? Y a propósito, vea las moscas que hay junto a la ventana.

 

La señora Maple, enfrentada de este modo con dos temas distintos, se vio en apuros para hacerles a los dos debida justicia. Evidentemente, fue una temeridad por parte de tío Oldys brindarle esta oportunidad. Me pareció notar en él una ligera vacilación en utilizar la llave que tenía en la mano.

 

—Ah, esas moscas, cuidado que se han puesto pesadas, doctor, señorita, en estos tres o cuatro días; no se lo pueden figurar; ni usted tampoco, señor. ¡Ninguno de ustedes se lo puede imaginar! ¡Y de qué manera entran! La primera vez que pusimos los pies en esta habitación estaban los postigos de la ventana levantados, así debieron de estar durante años y años, y no había una sola mosca. Entonces bajamos las barras de los postigos con no poco trabajo, y dejamos la habitación abierta todo el día, y a la mañana siguiente mandé a Susan con la escoba para que la barriera, y no habían transcurrido dos minutos, cuando la vimos regresar cubierta de bichos, y se los tuvimos que sacudir de encima. ¡Jesús!, no se le veía ni la cofia, ni de qué color tenía el pelo, como lo oyen, y se le arracimaban en torno a los ojos también. Por fortuna, no es una chica de mucha imaginación, como me pasa a mí, que de haber sentido el cosquilleo de esos bichos repugnantes encima de mí me habría dado algo. Y ahora, ahí tienen el suelo sembrado de bichos muertos. En fin, bien vivos estaban el lunes; hoy no, hoy es jueves; digo no, viernes. Pues no tenía una más que acercarse a la puerta, y los podía oír cómo chocaban contra la madera, y abrías y se echaban sobre ti como si fueran a devorarte. Yo me dije: "Si fueran murciélagos, ¿qué nos pasaría esta noche?" Y no crea que se les puede despachurrar como a los mosquitos corrientes. Bueno, puede que aún tengamos que dar gracias. Y luego, esa tumba —se apresuró a añadir, abordando la segunda cuestión antes de que la interrumpieran— de los dos pobres chiquillos, también. Digo pobres, y sin embargo, pienso en lo que contó la señora Simpkins, la mujer del sacristán, el día que estuve tomando el té con ella antes de que vinieran ustedes, doctor y señorita; es una familia que hace, ¿cuánto diría yo?, un centenar de años que está viviendo en esta misma casa, y podrían echar mano de cualquier tumba o de cualquier sepultura del cementerio, y decirte en un santiamén a quién pertenece y los años que hace que le enterraron. Pero es a lo que contó el señor Simpkins de ese joven a lo que yo me refería..., ¡bueno! —apretó los labios y asintió con la cabeza varias veces.

 

—Cuente, señora Maple —dijo Mary.

 

—Siga —dijo tío Oldys.

 

—¿Qué le ocurrió? —dije yo.

 

—Jamás se había visto una cosa así en este pueblo, al menos desde los tiempos de la reina María y del Papa y todo lo demás —dijo la señora Maple—. Bueno, ¿sabían ustedes que vivió en esta misma casa, él y sus compañeros, y que por lo que me dijeron, ocupaba esta mismísima habitación? —movió los pies con inquietud.

 

—¿Quiénes le acompañaban? ¿Se refiere a las personas de la casa? —dijo tío Oldys con recelo.

 

—No, doctor, no; no me refiero a las personas —contestó—, sino más bien a lo que trajo consigo de Irlanda. No; la gente que vivía en la casa, si acaso, fue la última que supo de sus andanzas. Pero en el pueblo no hubo una sola familia que no se enterara de cómo terminó una noche. En cuanto a los que iban con él, bueno; cómo serían que le arrancaron la piel a la pobre criatura que estaba ya en la sepultura; como dice el señor Simpkins, un corazón marchito da siempre un espectro feo y demacrado. El caso es que al final se volvieron contra él, dice, y todavía hay una señal que puede verse en la puerta de la iglesia, donde lo remataron. Lo que les cuento no es más que la pura verdad, porque fui y le pedí que le enseñara las marcas a una servidora, y era talmente como había dicho. El señorito ese tenía el nombre de un rey malo de la Biblia, por mucho que sus padrinos pensaran en otra cosa.

 

—Se llamaba Saúl —dijo tío Oldys.

 

—Eso es, Saúl; muchas gracias, doctor; ahora dígame si no fue el rey Saúl el que, según hemos leído, llamó al espectro que descansaba en su tumba turbándole su sueño, y si no es extraño que este joven señor tuviera precisamente ese nombre, y que el abuelo del señor Simpkins le viera una noche desde su ventana andando de sepultura en sepultura con una vela en la mano, con esos horribles acompañantes pegados a sus talones. Una noche dice que el viejo señor Simpkins le vio venir directamente a la ventana que da al cementerio y pegar la cara al cristal para ver si alguien le había estado espiando desde la habitación, y el viejo señor Simpkins sólo tuvo tiempo de dejarse caer y quedarse quieto como un muerto, conteniendo la respiración, justamente debajo de la ventana, sin atreverse a hacer ningún movimiento hasta que le oyó alejarse, llevando tras de sí el rumor de crujidos de hierba, y cuando se asomó a la ventana a la mañana siguiente, vio pisadas en la hierba y un hueso humano. ¡Oh!, era un muchacho cruel, eso desde luego; pero lo tuvo que pagar al final, y después.

 

—¿Después? —dijo tío Oldys arrugando el ceño.

 

—Sí, doctor; noche tras noche, desde los tiempos del viejo señor Simpkins, y de su hijo, o sea el padre de nuestro señor Simpkins, hasta el señor Simpkins de ahora. Se le ve contra esa misma ventana, sobre todo en las noches frías, o cuando encienden la chimenea, pegando el rostro al cristal, agitando las manos y abriendo y cerrando la boca, abriéndola y cerrándola una y otra vez, durante un minuto o más, hasta que por fin se aleja y desaparece en la oscuridad del cementerio. Pero jamás se han atrevido a abrir la ventana, a pesar de la piedad que les ha inspirado siempre esa pobre criatura aterida de frío y diluyéndose en la nada durante años y años. Por eso digo que lo que cuenta el señor Simpkins que decía su abuelo no es sino la pura verdad, que "un corazón marchito siempre da un espectro feo y demacrado".

 

—Desde luego —dijo tío Oldys de repente, tan de repente que la señora Maple se quedó callada—. Gracias. Ahora vámonos, vámonos todos de aquí.

 

—Vaya, tío —dijo Mary—, ¿es que no vas a abrir el armario, por fin?

 

—Querida —dijo—, eres libre de juzgarme un cobarde o un hombre prudente, lo que prefieras. Pero no voy a abrir el armario ese, ni la cómoda, ni estoy dispuesto a darle las llaves a nadie. Señora Maple, ¿sería tan amable de buscar uno o dos hombres para subir estos muebles al desván?

 

—Y cuando terminen, señora Maple —dijo Mary, quien, aunque yo aún no sabía cuál era la razón, parecía sentir alivio más que desencanto por la decisión de su tío—,tengo algo que quiero guardar junto con todo eso; no es más que un paquetito pequeño.

 

Salimos, creo que contentos de dejar la extraña habitación. El mismo día se cumplieron las órdenes de tío Oldys. Por eso digo —concluye Spearman— que Whitminster tiene un cuarto prohibido y una caja de sorpresas aguardando a un futuro ocupante de la residencia del prebendado mayor.

 

Montague Rhodes James (1862-1936)