En una villa apartada, donde las luces de la civilización apenas alcanzaban a penetrar la densa oscuridad del bosque circundante, se cernía una maldición ancestral. Los lugareños susurraban historias de criaturas de la noche, duendes hambrientos que acechaban en las sombras, esperando a aquellos imprudentes que se aventuraban más allá del anochecer.
En una noche particularmente oscura, tres amigos, Martín, Sofía y Andrés, desafiaron las advertencias y decidieron explorar la villa bajo la luz de la luna llena. Risas y chistes llenaban el aire, pero a medida que se adentraban en el bosque, el ambiente se volvía más espeso, más ominoso.
-"¿Escucharon eso?" preguntó Sofía, deteniéndose de repente, su voz temblorosa.
-"Solo son tus nervios, Sofi," respondió Martín, tratando de mantener un tono valiente.
Pero pronto, incluso él comenzó a sentir el peso de la oscuridad. De repente, un ruido sordo resonó entre los árboles, seguido por un chasquido agudo. Los tres amigos se miraron entre sí, sus corazones latiendo con fuerza en sus pechos.
-"No deberíamos estar aquí," murmuró Andrés, pero antes de que pudieran dar media vuelta, una figura oscura emergió de entre los árboles.
Era pequeña, de aspecto humanoide, pero con una mirada salvaje y hambrienta en sus ojos brillantes. Los duendes, criaturas de las leyendas, ahora eran reales y estaban frente a ellos.
-"¡Corran!" gritó Martín, pero ya era demasiado tarde. Los duendes se abalanzaron sobre ellos con una velocidad sorprendente, arrastrando a Martín hacia la oscuridad con una fuerza sobrenatural.
Sofía y Andrés corrieron sin mirar atrás, susurros inquietantes persiguiéndolos entre los árboles. Finalmente, llegaron a la orilla de un lago oscuro, donde se detuvieron, jadeantes y temblando de miedo.
-"¿Qué hacemos ahora?" preguntó Sofía, su voz apenas un susurro.
-"No lo sé," respondió Andrés, su voz temblorosa. "Pero no podemos quedarnos aquí."
Decidieron regresar a la villa, pero en el camino, los susurros se intensificaron, las sombras parecían moverse y los ojos brillantes los observaban desde las profundidades del bosque.
Al llegar a la villa, se refugiaron en una cabaña abandonada, pero incluso allí no encontraron paz. Los susurros se convirtieron en murmullos audibles, golpes resonaron en las paredes y las sombras danzaban en las esquinas.
-"¿Qué quieren de nosotros?" preguntó Sofía, al borde de las lágrimas.
-"No lo sé," respondió Andrés, su voz temblando de miedo. "Pero si queremos sobrevivir, debemos mantenernos despiertos y alerta."
La noche parecía no tener fin, y con cada hora que pasaba, el terror se intensificaba. Los duendes acechaban en las sombras, esperando el momento oportuno para atacar.
Los amigos escuchaban los pasos suaves de las criaturas fuera de la cabaña, arañando las paredes con sus afiladas garras, mientras susurros sibilinos llenaban la habitación como una marea negra.
-"No podemos quedarnos aquí," susurró Sofía, su voz apenas un hilo de terror.
-"No tenemos otra opción," respondió Andrés, su corazón martillando en su pecho. "Debemos esperar hasta el amanecer."
Al amanecer, Sofía y Andrés salieron de la cabaña, exhaustos y temblorosos, pero vivos. Martín nunca fue encontrado, y la villa seguía siendo un lugar maldito, donde los duendes hambrientos acechaban en la oscuridad, esperando a su próxima víctima. Los lugareños hablaban en susurros de aquellos que desaparecían en la noche, llevados por los duendes, y la villa se sumía en un silencio sepulcral al caer el sol, donde solo el miedo habitaba.





