LA CASA DE LAS SOMBRAS PERDIDAS

LA CASA DE LAS SOMBRAS PERDIDAS

El grupo de cazadores de tesoros, sin sospechar el destino sombrío que les aguardaba, continuó explorando los recovecos de la antigua casa, cada paso hundiéndolos más en las fauces de la oscuridad. La atmósfera misma parecía palpitar con una presencia maligna, como si las mismas paredes estuvieran impregnadas de un mal ancestral que se negaba a ser olvidado.
Mientras avanzaban entre pasillos crujientes y habitaciones polvorientas, la sensación de opresión se intensificaba con cada momento que pasaba. Las sombras danzantes parecían cobrar vida propia, retorciéndose y contorsionándose en formas grotescas que jugaban con las mentes de los cazadores, sembrando semillas de duda y terror en lo más profundo de sus almas.
—¿Escucharon eso? —murmuró uno de ellos, su voz apenas un susurro tenue que se perdió en el eco del lugar.
—No hay nada aquí aparte de nuestras imaginaciones jugando con nosotros —respondió otro, tratando de mantener la calma mientras su mano se aferraba con fuerza al mango de su arma.
Uno de ellos, un joven valiente con una linterna temblorosa en una mano y un arma en la otra, se aventuró hacia el desván, atraído por la promesa de tesoros olvidados que aguardaban en la oscuridad.
—¡Espera! No vayas solo —advirtió otro, su voz temblorosa reflejando el miedo palpable en el grupo.
Con cada paso que daba, el aire se volvía más espeso, como si estuviera cargado con la maldición de los que habían habitado la casa en el pasado.
Al alcanzar el desván, una sensación de malestar lo invadió, como si estuviera siendo observado por ojos invisibles que lo miraban desde las sombras.
—¿Estás seguro de que deberíamos estar aquí? —preguntó el joven, su voz apenas un susurro tembloroso que apenas pudo superar el latido frenético de su corazón.
Tragando saliva, avanzó con cautela, su linterna arrojando luces parpadeantes sobre los objetos cubiertos de polvo que yacían dispersos por el suelo.
De repente, un susurro sibilante resonó en sus oídos, haciéndolo dar un respingo y girar sobre sí mismo, buscando la fuente del sonido.
—¿Qué fue eso? —susurró, sus manos temblando mientras apuntaba el arma hacia la oscuridad.
Pero todo lo que vio fue la oscuridad densa y opresiva que parecía cerrarse a su alrededor, como las garras de algún depredador invisible que acechaba en las sombras.
Tragando saliva, trató de reprimir el miedo que amenazaba con desbordarse dentro de él, pero era inútil. La sensación de peligro inminente lo envolvía como una manta helada, haciéndolo temblar de pies a cabeza mientras avanzaba más profundamente en el desván, su linterna temblando en su mano sudorosa.
De repente, algo se movió en las sombras, una silueta oscura que se deslizaba entre los montones de trastos olvidados.
—¡Ahí está! —gritó el joven, su voz temblorosa mientras apuntaba el arma hacia la figura en movimiento.
Pero antes de que pudiera reaccionar, algo lo agarró por el cuello, una mano fría y huesuda que se cerró alrededor de su garganta con una fuerza sobrenatural.
—¡Ayuda! —gritó, su voz ahogada por el agarre implacable que lo mantenía prisionero.
Los otros cazadores, al escuchar los gritos desesperados de su compañero, corrieron hacia el desván, sus corazones llenos de terror y determinación mientras se enfrentaban a la oscuridad que amenazaba con engullirlos por completo.
—¡Rápido! ¡Iluminen esto! —exclamó uno de ellos, su voz llena de urgencia mientras encendía una linterna adicional y la apuntaba hacia la figura oscura.
Pero cuando alcanzaron el desván, solo encontraron silencio y oscuridad, con la excepción de un charco oscuro de sangre que se extendía por el suelo, como una advertencia ominosa de los horrores que les aguardaban en las sombras.
—No puede haber desaparecido así como así... —murmuró otro, su voz temblorosa mientras escudriñaba el desván en busca de alguna pista de lo que había sucedido.
Aterrorizados pero decididos a encontrar a su compañero perdido, continuaron su búsqueda, cada paso que daban llevándolos más profundamente en el laberinto de la casa maldita, donde los susurros de los condenados resonaban en sus oídos y las sombras los acechaban en cada esquina.
Mientras tanto, en las profundidades del sótano oscuro y olvidado, la niña bailarina aguardaba en las sombras, su boca cosida estirándose en una sonrisa grotesca mientras preparaba su próxima danza macabra, con los cazadores de tesoros como sus próximas víctimas en la noche interminable de la casa maldita.

¿Te gusto? Te recomendamos...