Alberto Santos, un joven antropólogo español, había desaparecido en un oscuro lugar de la selva africana, junto con todos los miembros de la expedición científica hispano-francesa con la que cooperaba. Las autoridades dieron por muertos a todos los desaparecidos y suspendieron las operaciones de búsqueda, pero Ana, la hermana menor de Alberto, no se dio por vencida y, ante la falta de apoyo oficial, decidió viajar a África y buscar a su hermano por su propia cuenta, sin más ayuda que la de su novio, Andrés. Este era un estudiante de Biología atlético y audaz, que tenía cierta experiencia en viajes a lugares exóticos y siempre había considerado a Alberto su mejor amigo.
Tras superar no pocos obstáculos, la joven pareja llegó al último lugar donde habían sido vistos los desaparecidos, un pequeño pueblo de pescadores situado en la orilla del río Congo. Una vez allí, visitaron al misionero local, un franciscano belga que, si bien no pudo darles ninguna información relevante sobre el destino de la expedición, los invitó a pasar la noche en su casa. Andrés y Ana aceptaron encantados su invitación, aunque, para no ofender la moralidad de su anfitrión, tuvieron que resignarse a dormir en habitaciones separadas.
Aquella noche, cuando todos dormían, varias sombras siniestras surgieron de la espesura y se acercaron furtivamente al hogar del misionero. A la mañana siguiente los aldeanos descubrieron, horrorizados, que el buen franciscano había sido despedazado en su propio lecho y que sus invitados habían desaparecido sin dejar rastro.
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Tras un breve trayecto en canoa y una larga caminata por tierra firme, Andrés y Ana, ambos bien atados y amordazados, fueron conducidos por sus captores a una pequeña aldea indígena, situada en las más tenebrosas profundidades de la selva. Una vez en el poblado, los guerreros salvajes que habían raptado a la pareja hicieron entrar a sus prisioneros en la choza más grande de la aldea, que sin duda pertenecía al reyezuelo de aquellas gentes primitivas. Andrés y Ana se llevaron una sorpresa sin límites cuando vieron que el habitante de la choza y señor de aquellas gentes no era otro que Alberto, quien, aunque más pálido y delgado que antes, parecía hallarse en buena forma física. La esperanza que habían perdido renació rápidamente al verlo y ambos pensaron en lo irónico del asunto: habían ido a África en rescate de Alberto, pero sería él quien tendría que salvarlos a ellos. O eso era lo que creían ellos, pues Alberto, aunque los acogió con una sonrisa, no hizo el menor ademán de prestarles ayuda, aunque un gesto suyo hubiera sido suficiente para que sus captores los liberaran. Lo que hizo fue acariciar a su hermana con una dulzura inquietante, por no decir siniestra, y luego clavar la punta de su cuchillo en la mejilla de Andrés hasta hacerle sangre. Los secuestrados volvieron a sentir el terror que creían haber superado, pues sin duda Alberto se había vuelto loco tras las inenarrables experiencias que había vivido entre los salvajes. Pero, una vez que decidió romper su silencio, él habló como una persona cuerda, aunque su voz estaba impregnada de maldad:
-Seguramente estáis pensando que me he vuelto loco y, si queréis, podemos dejarlo así. O, si lo preferís, os contaré algunas cosas que os ayudarán a comprender vuestra situación. Los hombres de la noche, como los llaman sus vecinos, han vivido en esta selva desde tiempos inmemoriales y han conservado sus costumbres ancestrales, entre ellas el canibalismo y la afición a la tortura. Nos atacaron cuando entramos en su territorio, nos hicieron prisioneros y nos sometieron a unas pruebas muy duras. Mis compañeros murieron, pero yo conseguí superarlas, a costa de terribles esfuerzos. Como premio, mis captores no solo me perdonaron la vida, sino que además me enseñaron su lengua y me iniciaron en sus tradiciones mágicas. Además, me hicieron beber un brebaje muy particular, que me devolvió las fuerzas y me convirtió en un hombre nuevo, liberándome de todos los prejuicios morales que hasta entonces me habían impedido satisfacer mis deseos. Con el paso del tiempo, llegué a ser el jefe de la tribu y, adivinando que vendríais a buscarme, les ordené a mis mejores guerreros que vigilaran la misión y os trajeran a mi presencia cuando cayeseis en sus manos. En la cultura de los hombres de la noche, que ahora también es la mía, se valora positivamente a quien atormenta a sus propios parientes y amigos, pues ¿qué mérito tiene torturar a un enemigo o a un extraño? Por eso ansiaba tanto vuestra llegada: para demostrarles a mis súbditos que soy capaz de hacer sufrir a quienes amé en otro tiempo.
Dicho esto, Alberto, siempre frío y sereno, tomó una gruesa maza de madera e hizo ademán de usarla para romperles la cabeza a Andrés y a su propia hermana. Estos gimieron aterrorizados y Ana estuvo a punto de desvanecerse de puro horror, pero, en el último instante, Alberto desvió el golpe hacia el cráneo de uno de los guerreros que custodiaban la choza. El indígena cayó al suelo con la cabeza ensangrentada y sus compañeros, sorprendidos por la inesperada reacción de su jefe, no tuvieron tiempo de defenderse, ni siquiera de gritar. Alberto, que, pese a su delgadez, parecía estar en plena forma, derribó a todos aquellos guerreros en cuestión de segundos. Luego usó su cuchillo para liberar a Andrés y Ana de sus ligaduras. Tras quitarles las mordazas, Alberto les dedicó una sonrisa cómplice y les dijo en voz baja:
-¿En serio pensabais que iba a haceros daño? Solo estaba actuando un poco para que los salvajes no adivinaran mis verdaderas intenciones.
Ana, con lágrimas en los ojos, abrazó a su hermano, feliz al ver que, en realidad, él seguía siendo el mismo de siempre. Andrés, algo más huraño (quizás porque aún le dolía la cuchillada en la mejilla), le dijo a su salvador:
-¡Pues pudiste habernos avisado de que estabas fingiendo!
-Si hubierais sabido la verdad, no os habríais asustado como lo hicisteis cuando pensabais que os iba a romper la cabeza. Y los hombres de la noche no entienden el castellano, pero sí saben distinguir el miedo verdadero del fingido. Son demasiado expertos en la materia para engañarlos.
Andrés, convencido, optó por sumarse al abrazo, en un definitivo gesto de reconciliación con su viejo amigo. Pero luego se acordó de que aún estaban en peligro y le dijo a Alberto:
-¿Cómo saldremos de aquí? Por muy jefe que seas, no creo que los hombres de la noche nos dejen marchar así como así.
-En efecto, pero no te preocupes. Seguidme y pronto estaremos a salvo.
Tras abandonar la choza por la puerta trasera, que daba directamente a la selva, los tres corrieron sin detenerse hasta que llegaron a un río de aguas turbias. Alberto dijo:
-Si atravesáis este río a nado, estaréis a salvo. Los hombres de la noche tienen una especie de tabú que les impide poner el pie en la otra orilla. Y desde allí es fácil alcanzar un lugar civilizado.
Andrés, siempre más suspicaz que Ana, le preguntó:
-Y entonces, ¿por qué no lo intentaste hasta ahora?
-Al principio porque no dejaban de vigilarme y luego porque, antes de marcharme, quería aprender todo lo posible sobre los hombres de la noche. Aunque sean unos salvajes crueles y primitivos, conocen muchos secretos que la ciencia debería aprender. Pero ahora lo que más importa es vuestra seguridad. Así que debéis meteros en el agua y nadar lo más velozmente posible hasta que estéis a salvo.
Esta vez fue Ana quien le preguntó a su hermano:
-Pero, ¿es que no vas a venir con nosotros?
-Sí, pero luego. Por ahora me quedo aquí, para cubriros en caso de que vengan los hombres de la noche. Aún conservo este juguetito.
Alberto sacó de su bolsillo una pequeña pero letal pistola automática. Confiando en la protección de Alberto, Andrés y Ana se arrojaron al río y empezaron a nadar con todas sus fuerzas, provocando un fuerte chapoteo a medida que avanzaban. Mientras tanto, Alberto, apostado entre unos arbustos, aguardaba lo inevitable: atraídos por el ruido del chapoteo, numerosos cocodrilos rodearon a Andrés y Ana, que primero emitieron gritos de auxilio y luego gritos de dolor, mientras eran despedazados por las voraces mandíbulas de los monstruos. Mientras tanto, Alberto, otro monstruo, se reía a carcajadas oyendo sus gritos de agonía. Quería demostrarles a sus guerreros que él era bueno torturando gente y no existe mejor tortura que darles falsas esperanzas a los condenados.





