En el instituto existía la tradición de que algún alumno del primer curso pasara la Noche de Halloween en una siniestra casa abandonada de las afueras, que según la tradición local estaba embrujada. Generalmente el alumno en cuestión era elegido por sorteo, pues obviamente era muy raro que alguien se ofreciese voluntario para semejante experiencia. Pero aquel año, excepcionalmente, una niña llamada Amanda Martins se ofreció para ser la inquilina de la casa embrujada. Resulta que Amanda había nacido con dotes de médium y estaba acostumbrada a ver fantasmas, así que no les tenía ningún miedo. Además, al ofrecerse voluntaria libraba a sus amigas del temor a ser elegidas por sorteo, de modo que así realizaba una buena acción, al mismo tiempo que se ganaba la estima de sus compañeros.
Después de la cena, Amanda salió de su casa sin que su padre se percatara y tras un corto paseo entró en la casa abandonada, que en realidad nunca había estado embrujada. Todo lo que llevaba encima era su teléfono móvil, una potente linterna y un volumen de Elfen Lied, su manga favorito.
Amanda se arrellanó en el polvoriento y desvencijado sofá del salón, encendió su linterna y usó la luz para releer las aventuras de Lucy, Kota, Nana y compañía. Pero entonces llamó su atención una especie de gemido o sollozo ahogado procedente del sótano. Era un sonido débil, pero al mismo tiempo demasiado nítido para proceder de un duende. Amanda al principio se asustó, pero finalmente decidió bajar a echar un vistazo. Quien emitía aquellos débiles gemidos no debía de ser alguien peligroso y, en todo caso, no era la primera vez que Amanda se enfrentaba a una situación inquietante.
Cuando llegó al sótano, la luz de su linterna le mostró a una niña hermosa y pálida, que estaba encadenada por las muñecas a unas argollas de la pared y que tenía una mordaza en la boca. Amanda no tenía forma de liberarla de sus cadenas, pero al menos podía quitarle la mordaza y preguntarle qué le había pasado. Cuando le quitó el pañuelo que le tapaba la boca, se percató de que aquella misteriosa niña tenía unos colmillos largos y afilados, como los de un animal salvaje. Este hecho, unido a su extrema palidez, hizo que una idea turbadora pasara por la mente de Amanda, quien no pudo contenerse y gritó:
-¡Tú no eres humana!
La niña encadenada le dijo:
-No, soy un vampiro.
Amanda, a causa de la sorpresa, estuvo callada durante unos segundos, pero luego, venciendo su miedo, dijo:
-¡Eso no puede ser verdad! Si fueras un vampiro, unas simples cadenas no podrían detenerte.
Entonces la niña vampiro le explicó su situación sin decir ni una palabra, mediante mensajes telepáticos a los que Amanda, como buena médium, era especialmente receptiva. Aquella niña se llamaba Helene y era realmente un vampiro, aunque no de los más peligrosos. Como se sentía muy sola tras perder a su familia humana, recorría el mundo en busca de otros seres sobrenaturales que quisieran ser sus amigos, pero cuando llegó a los Estados Unidos fue raptada por Lamia, un temible demonio femenino que podía adoptar cualquier forma, aunque su verdadero cuerpo era el de una serpiente gigante. Lamia pretendía suplantar a Helene, haciéndose pasar por ella para usar a su “familia” sobrenatural en su propio beneficio. Mientras que la niña vampiro solo buscaba en las criaturas de la noche un remedio para su soledad, Lamia quería usarlas como ejército para dominar el mundo. Tras capturar a Helene, la había encerrado en la casa abandonada, tras someterla a un hechizo que le impedía usar sus poderes sobrenaturales para liberarse. Luego se había ido en busca de alimento, pero seguramente no tardaría en volver.
Cuando Amanda comprendió la situación, decidió que debía ayudar a Helene, no solo por el bien de esta, sino por el de toda la Humanidad. Como ella sola no podía hacer gran cosa, intentó llamar a su padre, que era agente del FBI, pero entonces Helene le dijo en voz baja:
-¡Espera! Siento que Lamia se aproxima. Si subes las escaleras, ella te encontrará, así que tienes que esconderte aquí mismo.
Amanda volvió a ponerle la mordaza a Helene, para que Lamia no supiera que alguien había pasado por allí, y se escondió tras unas cajas viejas que había en un rincón. Segundos después bajó al sótano una niña aparentemente igual a Helene, que llevaba en la mano una anticuada lámpara de aceite. La recién llegada, que no era otra que Lamia, acarició con hipócrita dulzura a su indefensa prisionera, mientras le susurraba con una voz idéntica a la suya:
-Cariño, es una lástima que esta noche no te lo hayas pasado tan bien como yo. Tienes una forma tan linda que he podido acercarme a tres personas sin que sospecharan nada… y las tres estaban realmente deliciosas. Quizás también debería comerte a ti, pero ya estoy satisfecha por esta noche… Y, además, ¡eres tan hermosa!
Lamia acercó sus labios al rostro de Helene con la intención de besarla. La niña vampiro, asqueada, torció la cabeza para esquivar aquel beso nauseabundo, pero no pudo evitar que la larga y bífida lengua de Lamia trazase un surco de saliva sobre su mejilla. Mientras tanto, Amanda permanecía escondida, sin saber qué hacer. No podía escapar, ni mucho menos enfrentarse a un monstruo capaz de raptar a un vampiro. Y tampoco podía llamar a su padre sin riesgo de que Lamia la oyese.
Pero entonces alguien más llegó al sótano. Era el sheriff de la localidad, que había encontrado el escondite de Lamia siguiendo un rastro de muertes misteriosas. El monstruo, más divertido que molesto por aquella inesperada intrusión, se desentendió de Helene y adoptó su forma de serpiente gigante para recibir al sheriff. Este, que no contaba con algo semejante, apenas tuvo ánimos para sacar su pistola eléctrica y disparar varias descargas sobre Lamia. Esta las resistió sin problemas y usó el poder hipnótico de sus ojos para inmovilizar a aquel desdichado agente de la ley. Luego se enroscó alrededor de su cuerpo y le clavó los dientes en el cuello, para beber su sangre tal como había hecho con otros tres vecinos de la localidad. Pero, como no tenía mucha hambre, decidió tomarse las cosas con calma, desangrándolo lentamente para gozar durante horas de su miedo y de su indefensión. Pasó el tiempo y las piernas del sheriff empezaron a tambalearse, pues ya apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie.
Cuando todo parecía perdido, sonó un disparo y una bala rozó el lomo de Lamia. El agente federal John Martins estaba allí y tenía su pistola en la mano.
Lamia, furiosa, soltó al sheriff, que cayó desmayado al suelo, y se enfrentó al padre de Amanda, ignorando que estaba haciendo lo que él quería. Martins hasta entonces no había podido disparar a matar, por miedo a herir al sheriff, pero aprovechó aquella oportunidad para tirotear a Lamia con balas de plata, especialmente preparadas para seres como ella. El monstruo, que no contaba con un ataque así, se retorció de dolor y rabia cuando algunas de aquellas balas atravesaron su cuerpo. Aun así, hubiera podido sobrevivir y matar a Martins, de no ser porque su magia se había debilitado a causa del dolor. Como consecuencia de todo ello, el hechizo que paralizaba a Helene se desvaneció y la niña vampiro, una vez libre de sus cadenas, se transformó en una horda de enormes murciélagos. Lamia, debilitada como estaba, no pudo resistir el ataque simultáneo de todos los murciélagos, que clavaron sus dientes en su cuerpo para absorber la poca sangre que le quedaba. Cuando el monstruo cayó muerto, los murciélagos abandonaron rápidamente la casa abandonada y se perdieron en la oscuridad de la noche. Quizás a Helene le hubiera gustado quedarse un momento para darles las gracias a los Martins, pero, teniendo en cuenta que el padre de Amanda era un afamado cazador de monstruos, decidió que la mejor forma de agradecerle su intervención sería alejarse de su ciudad y no volver nunca más.
Mientras el agente Martins intentaba reanimar al sheriff, Amanda salió de su escondite con su teléfono móvil en la mano. Finalmente había podido llamar a su padre sin que Lamia la oyera, gracias a que esta había adoptado su forma de serpiente en el momento oportuno. Y es que Amanda entendía mucho de fenómenos sobrenaturales… pero también era una buena estudiante de ciencias, gracias a lo cual sabía que todas las serpientes son sordas.





