*Parte 4: El Puente de las Almas Perdidas*
Después de sobrevivir a los horrores del bosque de las sombras, los jóvenes se encontraron frente a un cañón profundo, donde un antiguo puente de madera se extendía sobre un abismo oscuro y tenebroso. La tranquilidad aparente del lugar era engañosa, como una máscara que ocultaba el horror que aguardaba en las sombras.
Mientras cruzaban el puente, la luna llena arrojaba su luz fantasmal sobre ellos, haciendo que las sombras bailaran y se retorcieran como espectros hambrientos. Fue entonces cuando avistaron a lo lejos a su amigo, aquel que había sido arrastrado a la oscuridad por la bestia y que, de alguna manera, había sobrevivido.
Pero ya no era su amigo. Su cuerpo había sido retorcido y deformado por la infección, convirtiéndolo en una grotesca parodia de lo que una vez fue. Su mano cortada había crecido en proporciones monstruosas, y tumores desprendían ácido letal en su espalda. Con una voz distorsionada y lúgubre, les suplicaba ayuda una y otra vez, como un eco de su antigua humanidad perdida en el abismo de la oscuridad.
El terror se apoderó del grupo mientras deliberaban sobre qué hacer. ¿Deberían ayudar a su amigo mutado, o deberían poner fin a su sufrimiento de una vez por todas? Las palabras desgarradoras del amigo mutilado resonaban en sus mentes, como un recordatorio de la tragedia que los había llevado hasta allí.
Uno de los jóvenes, lleno de desesperación y temor, decidió actuar. Se lanzó hacia su amigo con la intención de empujarlo al abismo y salvar al grupo de la pesadilla que los acechaba. Pero la bestia, con una rapidez sobrenatural, anticipó su movimiento y extendió su mano, atravesando al joven con una precisión mortal.
El horror se apoderó de los sobrevivientes mientras observaban impotentes cómo su compañero era levantado en el aire y devorado por la bestia mutada. Sus gritos de agonía resonaron en la noche, mezclándose con el rugido de la bestia y el eco de la muerte que acechaba en el abismo del cañón.
La lucha contra la criatura mutada fue feroz y desesperada, pero a medida que pasaba el tiempo, los jóvenes se dieron cuenta de que estaban superados en número y fuerza. Uno a uno, cayeron ante la monstruosidad que alguna vez fue su amigo, hasta que solo quedaron tres de ellos.
En un giro del destino aún más cruel, los que habían caído regresaron, transformados en criaturas mutadas por la misma infección que había consumido a su amigo. La desesperación y el dolor se apoderaron de los jóvenes mientras luchaban contra sus antiguos compañeros, cuyos rostros ahora eran máscaras de horror y sufrimiento.
Finalmente, con el corazón lleno de pesar y remordimiento, los tres jóvenes restantes lograron cruzar el puente y cortarlo detrás de ellos, dejando atrás a las criaturas mutadas en el abismo del cañón. La decisión pesaba en sus corazones como una losa de piedra, recordándoles el precio de su supervivencia.
Con el paso del tiempo, otros aventureros llegaron al cañón y encontraron la flor curativa, pero también encontraron el esqueleto de uno de los jóvenes, sosteniendo la flor en su mano huesuda. Las flores brotaban de su cuerpo inerte, como un símbolo macabro de la esperanza perdida en el abismo del bosque de las sombras.
Y así, la historia llega a su triste fin, con los corazones rotos de aquellos que sobrevivieron, pero cuyas almas quedaron marcadas por el horror que presenciaron. En el silencio de la noche, el eco de sus gritos perdura como un recordatorio sombrío de los peligros que acechan en las profundidades de la oscuridad.





